Si el otro día comentábamos un artículo de Maruja Torres en el País citando un texto de Ana María Moix en el que hablaba de los Invertebrados educados ante las pantallas, hoy me manda Luis un artículo de la Vanguardia firmado por Valentí Puig
Parece que después de años de secano, caen algunas gotas críticas desde el ala progresista; después de años de ceguera —por lo menos los últimos veinte­—, parece que al fin empiezan a abrir los ojos y se dan cuenta de la influencia de la televisión en la sociedad. Lo digo porque, hasta ahora, el término telebasura que encabeza el artículo sólo servía para que cuatro carcas pusiéramos en cuestión la libertad de expresión y sanseacabó. Un poco tarde quizá, cuando ya estamos llenos de invertebrados, pero más vale tarde que nunca. Bienvenidos y a trabajar todos sin ideología y sin prejuicios por la salud del usuario, por la salud de la sociedad, por la salud de la democracia. 

Aconsejo leerlo en su totalidad, pero destaco alguna de sus perlas.

Primero el título —«Telebasura como sistema»— que expresa el carácter totalizador de la televisión como un medio que no es que influya en la sociedad, sino que ha sido los últimos treinta años una de las fuentes básicas de su construcción. No es algo aislado, un ingrediente más, sino que constituye una estructura de la que nadie, ni  siquiera los que no la ven, puede escapar.

En segundo lugar la referencia al Homo Videns de Sartori al que todo el mundo acusa de apocalíptico, pero que sigue siendo una referencia fundamental para entender qué ha supuesto y supone la televisión en la creación del entorno cultural, ético y social contemporáneo. Y al Karl Popper que dijo:

«La democracia consiste en poner bajo control el poder político. Es esta su característica esencial. En una democracia no debería existir ningún poder no controlado. Ahora bien, sucede que la televisión se ha convertido en un poder político colosal, se podía decir que potencialmente, el más importante de todos, como si fuera Dios mismo quien habla. Y así será si continuamos consintiendo el abuso. Se ha convertido en un poder demasiado grande para la democracia. Ninguna democracia sobrevivirá si no pone fin al abuso de ese poder… Creo que un nuevo Hitler tendría, con la televisión, un poder infinito».

En tercer lugar la irónica y detallada descripción de lo que llama «escenas tecnoculturales de nuestro tiempo» (tertulias del cotilleo, realities,  talk shows,  Norias y tomates de turno).

En cuarto lugar el reconocimiento de la equivocación política en la que hemos vivido y todavía vivimos al afirmar que  «somos uno de los países más permisivos de Europa», cuando intenta averiguar cómo hemos llegado a esto.

Y, finalmente, las afirmaciones centrales de su artículo: «Es pusilánime querer ignorar que la televisión forma parte –deliberada o involuntaria– del sistema educativo»; «De ser la televisión un barómetro del estado psíquico y moral de una sociedad, estamos tocando fondo». Y «la telebasura corresponde a una sociedad que, por una ambigua relación de causa y efecto, aumenta todos los días su inmadurez y su irresponsabilidad».

Más madera para alimentar la solidez de la crítica reflexiva a la televisión.