En el medioambiente simbólico, ver no es lo mismo que comprender. Es más, la mayoría de las veces vemos y no comprendemos. Todo tiene un carácter simbólico. También las apariencias. Nos miramos unos a otros declarando la pertenencia a nuestra tribu. Nos rechazamos los unos a los otros porque pertenecemos a distintas tribus. Buscamos nuestra identidad  en el distintivo de las marcas en la ropa o en la piel y acabamos escondiendo nuestro ser personal bajo un disfraz que nos proporciona la seguridad de pertenecer a un grupo, pero pagamos el precio de que los prejuicios nos impidan comunicarnos con los demás. Nos habituamos a no correr riesgos.
El vídeo  nos lo manda Cristina.

Otras veces es el contexto lo que nos tiene que aclarar simbólicamente la calidad de un producto al que somos incapaces de acceder pese a que es objetivamente bueno. ¿Qué es lo que hace a la música culta digna de ser escuchada, la música misma o el lugar el contexto cultural en el que la escuchamos? Es lo que quiso comprobar el Washington Post con Joshua Bell un violinista de prestigio mundial con un Stradivarius de tres millones y medio de dólares en las manos tocando en el metro una fría mañana de enero de 2007 durante 45 minutos. De las aproximadamente 2000 personas que pasaron solamente seis se detuvieron y lo escucharon por muy poco tiempo. Alrededor de 20 le dieron dinero sin detenerse a escuchar. En total recolectó 32 dólares, terminó de tocar su violín y el silencio se apoderó de todo. Nadie lo notó. Nadie aplaudió, no hubo ningún reconocimiento.

Dos días antes el violinista había tocado en un teatro de Boston abarrotado, donde los asientos se vendieron a un promedio de unos 100 dólares.