Salvo el icono del poster de Albert Einstein o el esperpento exhibicionista de cierta nobleza, la arruga sólo es bella publicitariamente en los trajes de AD. La vejez, una realidad social creciente, es invisible en el medioambiente simbólico. Otra sombra mediática.
 
 
El asilo, hoy, no es sólo una necesidad social enraizada en un estilo de vida económicamente insostenible para muchas familias, sino también un muro en el que esconder a la mirada familiar y social las arrugas de la vejez. El significativo crecimiento de los metros dedicados a la crema facial en las grandes superficies, es directamente proporcional al rechazo de la realidad de la limitación de nuestra existencia. Como con otras realidades ausentes, nuestra sensibilidad, abotargada por la exposición a ese monocorde y uniforme bombardeo publicitario del jabón Lux, el botox y las pieles artificiales del Photoshop, se siente agredida por la arruga. La sociedad del consumismo no atiende a una clientela  envejecida, mayoritaria, pero escasa de recursos. Nuestra cultura, al revés que otras más sanas y más sabias, ha relegado lo viejo al rincón de lo inservible. La única exposición mediática de la vejez son las muchísimas horas de consumo de pantallas a los que son desterrados la mayoría de los mayores a los que se supone inútiles para todo excepto para ver la tv.
 

Choca por eso, por contraste, la demostración mediática de los últimos papas, incluso en los momentos más críticos de su vejez, de que se puede ser sin parecer. La exposición pública de la decadencia física de Juan Pablo II despertó no pocas reacciones de rechazo. Muchos espectadores volvían la cabeza ante la imagen del deterioro y la decrepitud del pontífice. Sin embargo, a mi juicio, no creo que fuera una exposición accidental,  una imagen robada. No fue un error mediático mal calculado en el que se buscaba la compasión y se encontró la crítica del mal gusto. Fue más bien una catequesis encarnada, voluntaria, consciente para introducir en el medioambiente simbólico la realidad humana de lo viejo en medio de una cultura de adoración consumista y publicitaria de lo joven y nuevo. Una voluntad de devolver la dignidad al cuerpo envejecido que no participa de ninguno de los valores al servicio del reclamo  publicitario. Una muestra viviente de lo que a todos nos va a tocar vivir para morir. Otro día hablaremos de la muerte.

 

Será casualidad, pero otra vejez ilustre —Teresa de Calcuta— resulta que también es católica. Parece que hoy la Iglesia se haya convertido en depósito y custodia de la dignidad del hombre en esos momentos límites de la vida humana que hoy se ven agredidos por la tremenda fuerza de las apariencias.