Revisando el Blog, me ha parecido interesante publicar de modo unitario algunos post que han ido apareciendo en él con esa etiqueta, añadiéndole algunas novedades. Una reflexión ácida sobre ese dispositivo tecnológico, siempre invisible por su omnipresencia y hoy más invisible que nunca porque la apisonadora digital lo ha barrido de las preocupaciones educativas y sociales. ¿Quién critica hoy la tele salvo los que viven de hacerlo y forman parte de su corte? ¿Para qué si parece que ya no existe, ni nadie la ve? Pero no es cierto. En cualquier caso, ahí va: «Los nombres de la tele» al completo. Que lo disfruten.

Colecciono nombres de la televisión. Es una interesante colección. Los teóricos que la estudian, la gente que la vemos, nos acercamos a ella y con esa tendencia irrefrenable y exclusivamente humana la nombramos intentando definirla. Cada nombre ilumina una cara de ese poliedro complejo que es la televisión. No sale bien parada. La colección de nombres es dura y negativa. Coleccionar sus nombres es como hacer un álbum de entomólogo pinchando diversos ejemplares de esa televisión pocas veces mariposa, casi siempre mosca y muchas más veces escarabajo pelotero que va haciendo una bola con lo peor de nosotros mismos.

En cualquier caso, en cada nombre hay un esfuerzo que señala, delimita, encierra a la televisión y nos revela un aspecto de su variada personalidad en su relación con la nuestra. El lenguaje es pensamiento y nombrar la tele es una manera de pensarla. Y es necesario que pensemos la televisión. Es imprescindible que dejemos de verla durante un momento si queremos desvelarla. Porque la vemos tanto que se nos hace invisible e impensable.

Y en nombres, lo primero es aclarar que no es lo mismo televisor que televisión: el primero se refiere al nombre del aparato receptor cada vez más grande, más plano, más numeroso que va extendiendo sus dominios por toda la casa, mientras que el segundo —televisión—  alude a ese magma indiferenciado y sobreabundante que vemos en la pantalla, de tal modo que miramos al uno mientras vemos lo otro. Al uno lo miramos sin verlo sin ser conscientes de que está, sin ser conscientes de cuánto lo necesitamos. A lo otro lo vemos sin mirarlo porque hay muy poca libertad, muy poca decisión en esa mirada que se zambulle en el ‘a ver qué echan’ surfeando en el zapping.

Luego, fíjense en esto: llamar tele a la tele es algo más que un acróstico. A nadie se le ocurre llamar neve a la nevera o aspi al aspirador. Y es que la tele no es un aparato cualquiera que es parte de la estructura de lo electrodoméstico. La tele no forma parte de la casa, sino que pertenece a lo más hondo de ella: la tele forma parte del hogar. Es como de la familia. La tele es nuestra amiga, nuestro colega próximo y cotidiano con el que compartimos voces y sonidos diarios. No es todavía una persona, pero está muy cerca de que la consideremos una mascota más. Cuando veo los escaparates de las teletiendas con todos esos aparatos que todavía son televisores deseando convertirse en teles, parece que me miren con la misma humanidad que atribuimos a la mirada del cachorro que está pidiendo a gritos que lo lleves a casa.

Si la televisión es a menudo indecorosa, el televisor ha sido siempre indecorable. Sin embargo, está dejando de serlo al convertirse en pantalla. Hasta hace poco, tripudo y cachivache, aunque perfectamente integrado en nuestras vidas, no había manera de integrarlo en nuestros salones sino haciéndolo desaparecer en un armario. Las pantallas, en cambio, extraplanas, plateadas, atractivas como felinos tecnológicos, están llegando a ser decoración, belleza. Crecen y, a la vez, se camuflan. Pasan desapercibidas, haciéndose paisaje, pared, ventana, parte consustancial del edificio. Si siendo televisores aquellos aparatos eran ya invisibles por su cotidianeidad, las pantallas los harán desaparecer definitivamente de la conciencia del consumidor mientras aumenta exponencialmente su consumo. Si hasta ahora —tal y como ponían de manifiesto las encuestas— nadie veía la televisión, o al menos nadie era consciente de que lo hacía, ahora ni siquiera veremos los televisores porque se han transfigurado en invisibles, hermosas, metálicas y cristalinas pantallas.

Y antes de pasar a los nombres de la tele detengámonos en el vocablo mando que, como tele, es un acortamiento expresivo que, sin embargo, ha alargado notablemente nuestro brazo haciendo innecesario el esfuerzo de levantarse a encender, a apagar o a cambiar de canal. Ya no nos levantamos a poner la tele, sino que nos sentamos a encenderla. Ya no necesitamos incorporarnos y recorrer dos metros para echar una ojeada en el canal de al lado. Si mover un dedo ha sido la expresión clásica del mínimo esfuerzo, ese exactamente es el que se nos pide para hacer ambas cosas. La primera consecuencia es energética ya que millones de leds de millones de televisores permanecen las veinticuatro horas encendidos. Nadie apaga la tele, que se queda en ese duermevela de la espera del impulso electrónico de su puesta en marcha. Si antes la accesibilidad del medio estaba marcada por su omnipresencia, ahora el mando ha multiplicado la facilidad de su uso multiplicando su disponibilidad.  El zapping, es decir, el mando, ha provocado que las estrategias de los programadores busquen la manera de que el consumo de imágenes publicitarias, verdadera razón de ser de la televisión, no disminuya su cantidad ni su eficacia.  El mando ha provocado la radicalidad de la contraprogramación, la intensidad de la guerra de las audiencias que a veces dirimen sus diferencias en picos de minutos o segundos para mantener inmóvil en un canal el gesto imperceptible de nuestro dedo que encumbra o hace rodar cabezas. Pocas veces un gesto tan nimio ha tenido unas consecuencias tan notables. El mando pone de manifiesto hasta qué punto nuestra relación con la televisión está basada en la fragilidad de nuestra naturaleza: porque no es la libertad la que se pone en juego a la hora de elegir y decidir el consumo de televisión, es sólo la pereza.

La tele es magia. Esa magia que tiene todo lo tecnológicamente incomprensible. Da a veces miedo, pero nos gusta mucho. Es una magia adictiva. La caja mágica es nuestra caja mágica: cogemos la varita de nuestro telemando, apretamos un botón y, no sabemos cómo, abracadabra, aparecen allí nuestros antípodas, los glaciares lejanos, las selvas tropicales, explosiones, volcanes, submarinos, follones, gentes de todas partes, policías, ladrones, truhanes, y la mujer del tiempo y la mujer hermosa y las torres gemelas y Bin Laden. Tocamos el botón y vemos baloncesto. Tocamos el botón y asesinatos. Otra vez el botón y mujeres y hombres enjaulados diciendo tonterías. Tocamos el botón más difícil y una imagen en negro. Es de nuevo el salón y la rutina… e incluso, en el silencio, la amenaza de nuestros pensamientos. Pero es tarde. Muy tarde. Algo habrá que dormir fundiendo en negro todo lo que hemos visto, en nuestro sueño. Hasta mañana.

La televisión empezó siendo, en un nombre que unía el continente con el contenido: una ventana abierta al mundo. Un feliz recibimiento lleno de optimista esperanza ante un medio de comunicación que nos prometía asomarnos a la frescura de una realidad lejana ensanchando nuestra mirada, abriendo nuevos horizontes, haciéndonos más sabios… Ingenuidad de jóvenes consumidores que, encandilados por ese tubo milagroso de luces y sonidos, no tardamos mucho en tragar gato por liebre. Un fraude de la serie aprenda sin esfuerzo, viaje sin moverse de su sillón, infórmese sin necesidad de leer largos y densos libros o artículos de prensa… Íbamos a ver el mundo y nos quedamos con la mujer barbuda y el patio de vecinos. Porque el cristal era un cristal deforme que presentaba una copia del mundo seleccionada, producida, editada por otros no para aumentar nuestro conocimiento, sino para hacer de la realidad un reallity y de la ventana una mirilla a través de la cual convertir a cada telespectador en un mirón secreto imagodependiente al que robar su tiempo. Para hacer de la imagen del mundo un circo entretenido en el que olvidarnos del mundo. Una ventana que no ventila, sino que llena de polución ideológica y visual nuestra mirada.

Boca abierta que lo vomita todo la llama por eso fieramente Federico Fellini. También en este nombre la tele es abertura, pero aquí no somos nosotros los que nos asomamos; es ella la que penetra en nuestra casa dejando nuestro salón lleno de fluidos vitales y vómitos electrónicos. Como una batidora que lo hiciera todo puré —dice— la televisión mezcla, confunde, elimina toda jerarquía, orden y claridad… resultando una excrecencia, un puré previamente digerido por otros en el que el espectador no encuentra nada construido sino sólo ruinas de lo que pudo ser un pensamiento vertebrado. Y es que el imaginario televisivo no deja títere con cabeza, mezclando el hambre con la supermodelo, el concurso frívolo con la guerra, la ficción con la realidad, la muerte con la publicidad. «La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural», afirma rotundo. Y en términos muy parecidos, se expresa Pierre Auguste Renoir: «El problema es que la televisión amalgame y convierta en papilla informe la realidad, la ficción, lo fundamental, lo secundario, el divertimento y la reflexión».

En esa misma línea, es un grifo de imágenes, según Gilles Lipovetsky: frente a la duración limitada del cine, la televisión es un continuo flujo de imágenes que no ha dejado de crecer desde su invención, inundando nuestros hogares y desbordando nuestras expectativas mientras ocupa cada vez más nuestro tiempo de ocio.

O, más expresivamente, la hormigonera de imágenes de Joan Férrés, en la que va fraguando un espejismo compuesto de fragmentos de vidas enlatadas.

El rastro de las imágenes de José Antonio Marina describe un mercadillo, un escaparate de rebajas, en el que hay de todo y no encuentras, a la vez, nada (tal vez, de vez en cuando, algún tesoro); un río de lava electrónica ante el que, tras un rato de contemplación, no consigues sintetizar sino un magma de imágenes en el que –como dice Ferrés– todo es insignificante, es decir, no significa nada.

Electrodoméstico ideológico es un nombre con mucha intención con el que Margarita Riviére nos advierte de que no debemos sentarnos desarmados ante el televisor como si fuera una diversión inocua, un entretenimiento inocente; porque tras tanta risa, golpe, frivolidad y colorín, hay mucha ideología. Que no es sólo un riesgo de reblandecimiento el que corre nuestro cerebro, sino que la tele y sus programas son propuestas ideológicas que no tienen sólo un formato de informativo proclive a determinados enfoques más o menos sectarios, sino que, al contrario, se disfrazan de ocio a través del relato y la ficción ante el que nuestras defensas racionales se sitúan bajo mínimos.

Puede ser esa la idea de Lolo Rico cuando ve la TV como una fábrica de mentiras: una factoría de estereotipos, de manipulaciones, de descontextualizaciones, de tópicos anti educativos, que en vez de incentivar nuestro sentido crítico, anestesian nuestra sensibilidad ante la injusticia y la verdad produciendo una vez más la extensión del pensamiento débil y la parálisis social de lo políticamente correcto.

Según parece, no habíamos abierto una ventana en nuestra casa, sino que habíamos abierto, un paquete, una Caja Tonta, anónimo clásico que alude, como es obvio, tanto al contenido frívolo, ligero e indiferenciado que abunda en las cadenas, como a esa cierta capacidad de debilitar nuestro pensamiento que tiene el discurrir de la programación televisiva a lo largo de nuestras jornadas y de nuestras vidas.

Otra caja, la sucia de Lorenzo Díaz, está llena de telebasura, es decir, de informativos plagados de sucesos y truculencias que amplifican la peligrosidad de un mundo que da miedo, de realities que comercian con la intimidad de las personas convertidas en objetos, de descorazonadores programas del corazón, de verdaderos falsos testimonios, de famoseos, de cotilleos, de petardeos, de morbo, en fin, como recurso fácil y barato a los instintos básicos en una incompetencia feroz por las audiencias y el beneficio económico  que da el fijar la mirada del telespectador a costa de lo que sea.             

La golosina visual de Ramonet: un medio chuchería que no nutre, pero te deja sin apetito para la comida cultural de verdad. Un gustar que te impide el acceso al auténtico sabor delos productos, en el que el acto de mirar es más fuerte que el de ver, en el que nos divertimos, pero no llegamos a disfrutar.

O, más específicamente, el botellón electrónico del pediatra Alberto Berceda, nombre bien expresivo del carácter evasivo, esencialmente fácil e indiferenciado, enemigo de cualquier esfuerzo intelectual o físico que tiene la televisión. Botellón del que bebemos imágenes y sonidos licuados que no terminan nunca de saciar nuestra sed, imágenes y sonidos que reproducen las vidas de los otros impidiéndonos vivir las nuestras. Botellón que se comparte en la soledad del grupo de individuos aislados. Narcótico electrónico que nos adormece y consuela. Un botellón que hoy se ha vuelto digital.

La escuela divertida de Postman nos habla de un medio cultural “democrático”, si entendemos democracia cultural no el hacer que todo el mundo sea capaz de alcanzar un nivel máximo, sino bajar el nivel para que todo el mundo pueda alcanzarlo. Un electrodoméstico LOGSE dirigido a las inmensas mayorías que educa sin esfuerzo, es decir, maleduca.

Una nodriza electrónica que no utilizamos para descansar de vez en cuando de la dura tarea de educar, sino ante la que los y nos abandonamos cerrando los ojos y huyendo de la tensión educativa que genera la vida de familia. Vigilamos con cámaras a nuestra cuidadora dominicana para evitar malos tratos, mientras los dejamos en manos de otras cámaras tras de las que los guionistas, realizadores, publicitarios, y presentadores, los maltratan sin freno. Nos quejamos del profesorado y de la escuela y metemos en casa a una profesora virtual que es como meter a la zorra dentro del gallinero. Una nodriza que no sólo se ocupa de nuestros hijos, sino en la que nosotros, los adultos, nos refugiamos buscando el regazo materno donde poder chuparnos el dedo, intentando mitigar cada noche nuestro cansancio de vivir con la contemplación de las vidas inexistentes de otros.

Javier Echeverría la llama fábrica de tiempo desvelando el auténtico sentido del mercado televisivo en su relación con el consumidor. La televisión no produce programas: su auténtica materia prima es el tiempo de los telespectadores que consigue enganchar con el anzuelo de su programación. Cuantos más espectadores consiga y cuanto más tiempo estén ante la pantalla, más materia prima tendrá para vender a los anunciantes que insertarán allí su publicidad. Los consumidores de televisión que creemos descansar y evadirnos ante la pantalla estamos, en realidad, trabajando para las cadenas entregando nuestro tiempo. Somos, de ese modo, consumidores, pero a la vez producto. Somos consumidores consumidos.

Como un animal de compañía la ve Carmen Rigalt, que la pone sólo por el placer de sentirse acompañada. «Me gusta la luz de la pantalla, el brujuleo de personas que van y vienen, la proximidad de los presentadores de noticias, como punto de luz indirecta, como arrullo de compañía.» O como un Calaixot  (cajón, trasto, cajonazo …) que es como la llama su abuela.

Ferrán Monegal, que, como buitre, vive de criticarla en sus despojos, ha escrito un libro (Los pájaros de la tele, Ediciones B) en el que la convierte en una jaula plagada de aves raras. Compara a Patricia Gaztañaga con la abubilla, un pájaro que «disfruta revolcándose en el estiércol» y a Ana Rosa Quintana con la urraca, «un ave inteligente, pero a la que no se le conoce ninguna utilidad«.  «Para el espectador –nos dice–, la televisión es como ir al parque zoológico. Lo que hay que procurar es que sean visitas guiadas. La gente la mira como mira el día que hay un accidente en la carretera. Y eso no quiere decir que estemos deseando que haya accidentes continuamente para poder mirar».

«La televisión, esa bestia insidiosa, esa medusa que convierte en piedra a millones de personas todas las noches mirándola fijamente, esa sirena que llama y canta, que promete mucho y que en realidad da muy poco», nos dice Ray Bradbury

La televisión es la violación de las multitudes, durísimo apelativo de Jean François Revel. El intermediario omnipresente, el Gran Médium (de nuevo, Margarita Riviére). El limbo de las equivalencias (J.A.Marina). El único somnífero que se toma por los ojos, de Vittorio de Sica. El triunfo de la máquina sobre las personas, de Fred Allen. La Religión catódica como llaman a su blog Isabel Ibáñez y Yolanda Veiga.

Algunos la definen en una frase:

«Un invento que permite que seas entretenido en tu salón por gente que nunca tendrías en tu casa». Nos dice David Frost, el famoso entrevistador de Nixon.

«Odio la televisión como odio los cacahuetes: cuando empiezo no puedo parar de comerlos», afirma Orson Welles 

«Hay algo absolutamente tranquilizador sobre la televisión: lo peor está siempre por venir», Jack Gould

«La dependencia de las personas de la televisión es el hecho más destructivo de la civilización actual», Robert Spaemann

«La televisión es maravillosa. No sólo nos produce dolor de cabeza, sino que, además, en su publicidad, encontramos las pastillas que nos lo aliviarán», Bette Davis

«La televisión nos proporciona temas sobre los que pensar, pero no nos deja tiempo para hacerlo»,  G.K. Chesterton

«La televisión puede darnos muchas cosas, salvo tiempo para pensar», Bernice Buresh

«La televisión se nos aparece como algo semejante a la energía nuclear. Ambas sólo pueden canalizarse a base de claras decisiones culturales y morales», Umberto Eco

«La televisión es el primer sistema verdaderamente democrático, el primero accesible para todo el mundo y completamente gobernado por lo que quiere la gente. Lo terrible es, precisamente, lo que quiere la gente», Clive Barker

«El fenómeno de la televisión demuestra que la gente está dispuesta a ver cualquier cosa con tal de no verse a sí misma», Ann Landers, seudónimo de Eppie Lederer

«Sabía que me estaba descolgando de la droga cuando no tenía ganas de ver la televisión» Billie Holliday

«El tiempo me ha convencido de una cosa: la televisión es para aparecer, no para mirar», Noel Coward

«El aventurero actual ha aprendido a contentarse con sombras de emoción. La televisión y el cine son sus melancólicos proveedores de asombro», Alejandro Dolina 

«La televisión es a la cultura lo que el microondas a la gastronomía»,  Jaume Perich

«La televisión es un dispositivo que permite que las personas que no tienen nada que hacer vean a las personas que no pueden hacer nada», Fred Allen

«Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro», Groucho Marx.

«Donde funciona un televisor, seguro que hay alguien que no está leyendo», John Irving

«Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia»,  Umberto Eco

«Los matrimonios jóvenes no se imaginan lo que deben a la televisión. Antiguamente había que conversar con el cónyuge», Isidoro Loi 

«La televisión es una hija del cine que le ha salido disipada y de malas costumbres», Ramón J. Sénder

«La televisión será la base de la opinión pública. Ha creado un mundo esquizofrénico en el que entre el individuo y lo global no hay nada», Alain Touraine.

La significativa musa de uno de sus productos: «La inspiración es la televisión», Andy Warhol

Y, finalmente, el inapelable «El diablo existe: es la televisión» de Vittorio Gassman

Pero, de entre todos, el nombre de los nombres es uno que firma Joan Brossa y en el que, en su brillante metáfora, consigue encerrar por síntesis a todos los demás. La tele es —dice— el chicle de los ojos. El chicle con el que la delicada maravilla de la mirada humana se convierte en un acto reflejo, hipnótico y adictivo en el que trituramos lo que vemos mientras matamos el rato y pasamos el tiempo. Así se nos queda la cara a algunos cuando llevamos mascando imágenes un rato como si fueran sueños de goma, con esa mirada ausente e inexpresiva de un rumiante que mastica la nada.

Dice Alejandro Herrero Sebastiá:

«Aún existían en el siglo pasado familias que tenían hijos; luego apareció la televisión, la pusieron en mitad del salón y entonces la televisión tenía una familia»