
Gracias a la generosidad intelectual de Higinio Marín he tenido acceso a unos apuntes suyos en los que reseña el libro de Baricco que aquí nos ocupó largamente cuando apareció.
Respetando la voluntad del autor, no proporciono la fuente, pero sí traigo algunas de sus ideas como una aportación más a la comprensión del texto de Baricco –imprescindible todavía su lectura- y, sobre todo, de los bárbaros que en él describe.
Primero cataloga Marín el ensayo de Baricco como perteneciente a «una obra de psicología cultural (con rasgos de psicología existencial)» que intenta describir las costumbres y características de las nuevas generaciones que nosotros calificamos aquí como nativos digitales: los bárbaros. Es pues un ensayo que hay que leer con esa perspectiva descriptiva y no pedirle más de lo que puede dar.
Le gusta a Marín –como a nosotros, por exacta– esa descripción del surfing intelectual del bárbaro postmoderno frente al moderno profundizar, pero hace una aguda observación al modo que tiene Baricco de concebir qué cosa es pensar: «Baricco no acierta del todo al describir el nuevo modo de pensar como ‘relación’, porque [ todo pensamiento es relación y] lo que caracteriza al bárbaro es que la forma de esa conexión no requiere sentido aprensible lingüísticamente, sino pragmáticamente. El mutante de Baricco no establece conexiones entre ideas sino [que, simplemente] una cosa le permite hacer otra y ésta, a su vez, unas cuantas más y así hasta abrir una red de posibilidades prácticas por las que circula sin dirección, pero entre las que ciertamente, surfea con satisfacción. Es lo que se puede hacer desde una cosa y no lo que se puede pensar o decir sobre ella lo que da lugar a las peculiares conexiones que caracterizan a los nuevos bárbaros». Los bárbaros, dice Marín, son digitales en el sentido de que su patrón de trabajo para conocer está en lo táctil y «el tacto todo lo vuelve superficial, por profundo que esté, porque sólo accede a lo real en tanto que superficie».
La crítica central al libro de Baricco la sitúa Marín en la visión de la novedad como barbarie que el ensayo presenta como algo que se ha repetido siempre a lo largo de la historia y que tantas veces se nos achaca a aquellos que hacemos una lectura crítica de la oleada tecnológico-digital. La critica Marín no porque no contenga una parte de verdad, sino porque no es de recibo cuando se eleva a «paradigma de la comprensión cultural y ontológica del ser humano». De aceptarla como tal, nos dejaría «completamente inermes e incapaces respecto de la barbarie verdadera». Si cualquier crítica a lo nuevo responde a una actitud de resistencia a la novedad, estaríamos incapacitados para asumir críticamente cualquier novedad por serlo y «después de lo que ha pasado en Europa en el siglo XX jugar demasiado inconscientemente con la idea de barbarie puede tener un recorrido muy corto», dice Marín refiriéndose a toda la brutalidad ideológica totalitaria socialista o fascista que en su momento pudo aparecer como novedad y promesa de futuro.
Siendo cierto que nuestros criterios pueden estar condicionados por gustos o prejuicios enraizados en la época que nos ha tocado vivir, y que «las formas históricas de la cultura humana pueden ser relativas y hasta caducas» eso «no implica que no contengan verdades cuya pérdida sería una catástrofe» y que lo nuevo «debe ser capaz de sostener esa altura o compostura lograda como un hallazgo en el tiempo». Y es ahí donde Marín –y nosotros con él- disentimos más profundamente de un Baricco que «hace bien en comprender antes que en juzgar, pero no puede ocultar que toda comprensión incoa un juicio y que, a su juicio, nada sustancial se pierde con la nueva forma de barbarie, nada que merezca el esfuerzo por ser repuesto o preservado». Un Baricco que «él mismo encarna al mutante del que se ocupa en sus disertaciones». [Y lo hace de un modo contradictorio y algo tramposo pues] «le gusta tanto la mutación como comprenderla y, por tanto, no estar solo dentro de ella, sino poder describirla, pensarla, compararla y defenderla, lo que sería completamente imposible si él mismo fuera un perfecto mutante». La gran trampa del libro de Baricco está en que «ningún mutante habría escrito un libro como el suyo sobre los mutantes» porque su mutación le habría incapacitado para profundizar en la comprensión de sí mismo y de su época. Y concluye Marín: «esa es la paradójica posición de Baricco: se deja seducir por la comprensión de la llegada de una época en la que la comprensión no interesaría a nadie».
Referencias:



Me pareció estupenda la reseña a que aludes cuando la recibí. Estoy en una biblioteca pública en Torredembarra y no tengo tiempo (turno) para un comentario normal. Vuelvo a ZGZ este miércoles y allá lo haré. Saluditos. Muy bueno el post. Muy bueno.
josé luis
¡Cómo se lo pasan algunos!
Da recuerdos al Mediterráneo y un beso a Pepa.
Conviene releer de vez en cuando los post dedicados a Los Bárbaros
Abrazos
Cuando me las vi con el libro de Baricco, una desazón permanente emanaba del texto: no sabía, no supe, enmarcarlo intelectualmente; ahora veo cuánto bien me hubiera hecho conocer la categorización que del mismo hace H. Marín: es «una obra de psicología cultural (con rasgos de psicología existencial)». No era pues más que un ensayo que debí leer con esa perspectiva descriptiva y no pedirle más de lo que podía dar… que a mí entonces, y aún con las reservas que opuse a algunas de sus afirmaciones, me pareció iba a ser mucho más de lo que fue. Sin duda me influyó, sin apercibirme de ello, lo atractivo de su estilo literario.
De Higinio Marín me encanta su proceder intelectual, del que a mi entender ha hecho su modo metodológico, su bisturí analítico más personal: el uso propio de la palabra. Para mí es de gran importancia este hecho porque me permite, además del disfrute que me procura, recomendarlo, hacerlo llegar al ámbito de mis prójimos más próximos. Entender a Marín no requiere otra cosa que entender la lengua en la que habla. Nada de tecnicismos, escasísimas citas (que no referencias), ningún tufillo academicista. Todo su discurrir expresado de manera digerible (que no digerida). Sólo es preciso leer -a veces al ralentí, ciertamente- y desear hacer la excursión a su lado: darnos y darle el tiempo que la senda requiere en cada tramo de su análisis… porque el argumento cierto y veraz está garantizado. Con el profesor Marín se llega a término siempre, se conquistan metas… desde las que atisbar otras nuevas.
La mera palabra disloca la pretensión Baricciana porque, en efecto, es una «barbaridad» pretender que cada barbarismo haya clausurado la época histórica anterior y darle a éste valor y vigor de «paradigma cultural» de la nueva época.
Para los nuevos urbanitas -nuestros hijos, vg.- que tan incómodo y difícil les ha puesto su crecimiento interior nuestro medioambiente simbólico -haciéndoles creer dos cosas fundamentalmente: que el hombre es poco menos que «un mono que consume», que «debe» consumir, y que el mundo anterior a ellos -la Historia y sus historias- no merece la más mínima atención ni crédito por ser siempre «opinable, sesgada, relativa, manipulada,….. y en absoluto «práctica»-, hasta conseguir que vivan una irrealidad adanista cuya manifestación más visible es la paralización, con mayor o menor aceptación, de sus vidas. No es ningún «avance», ningún «progreso», sino todo lo contrario, desconocer todo antecedente con sentido, desposeer ascendiente alguno de sí mismo. La mera agregación de individuos tales, conformará meras aglomeraciones sociales, pero no sociedades propiamente humanas.
José Luis.
Higinio, en efecto, es todo un descubrimiento que tenemos que saber aprovechar, exprimir y difundir. En la época del bárbaro surfing visual, necesitamos más que nunca de buenos buceadores que profundicen y nos expliquen lo que está pasando. Hay que traerlo.
Se me pasó señalar la acertada compactación lograda entre la reflexión de H. Marín y la tuya. Cosa que viene sucediendo cada vez más en tus artículos y por la que, además de alegrarme, me parece un deber felicitarte.
Por mi parte -pobre de mí- sólo señalar una nimiedad, tal vez. En una cita del profesor Marín, leemos que lo nuevo «debe ser capaz de sostener esa altura o compostura lograda como un hallazgo en el tiempo». Y así pienso también yo: «lo nuevo», lo es en tanto que se refiere a «lo anterior» modificándolo; conserva pues algo de ello siquiera sea la «inspiración». Pero el tono que quiere dar Baricco a sus mutantes, no es de este orden de existencia. Ensaya él un mutante (ciertamente sin lograr ir mas allá de una hipótesis psicológica, una presunción) que no sea un ser «nuevo» sino un ser «distinto». Su mutante es distinto y diferente de todo hombre anterior. No proviene de nada ni de nadie. Su mutante es una inauguración. Todo esto no es posible, por supuesto; pero Baricco juega a que lo sea y en el juego cabe ser «tramposo».
Por eso, en la cita de Marín, el indicativo «debe» podría sustituirse por el subjuntivo «debiera», sin pérdida de sentido crítico, para ajustarse plenamente a la urdimbre planteada por Baricco.
José Luis
EN efecto, toda la desazón que el libro del italiano provoca está en esa ruptura inconexa con lo anterior y en esa aceptación del desastre, que describe magnificamente, sólo por ser «nuevo».