Me ha gustado el título de un artículo de EL País, La escuela en el laberinto tecnológico, porque, por una vez, puedo leer algo en lo que tecnología y escuela no aparecen en un ámbito idílico de pájaros y flores. El laberinto es, hoy por hoy, una imagen de claro oscuro, de incertidumbre, de no saber por dónde nos da el aire, mucho más adecuada a la realidad. Y en él, se dicen algunas cosas interesantes sobre la tecnología y la escuela. Cosas obvias, pero sorprendentes porque se apartan de la música celestial de la acostumbrada tecnolatría en la que vivimos.

El profesor Jordi Adell es director del  Centro de Educación y Nuevas Tecnologías en la Universidad Jaume I de Castellón, dedicado al desarrollo de tecnología aplicada a la educación. Allí producen, ensayan y forman al profesorado para la aplicación de tecnologías que ayuden al aprendizaje.  Y dice, por ejemplo, que al lado de increíbles posibilidades y avances, hay también una moda peligrosa que está conduciendo a una cierta «sobredosis de innovación tecnológica». O que también existe «el lado oscuro de las tecnologías educativas», refiriéndose a que el ‘e-learning’ mueve más de 66.400 millones de euros al año y supone un bocado delicioso y tentador para el mercado, los intereses políticos, los vaivenes de las instituciones, y sus subvenciones millonarias… Adell menciona la presión de una industria emergente para extender este o aquel avance y de aquellas iniciativas dirigidas al control de alumnos y profesores. «Si no nos andamos con cuidado, quien dictará la pedagogía serán las empresas de tecnología y las editoriales». Es la primera vez que leo una afirmación tan clara de lo obvio, pero que a ningún tecnopapanatas  se le ocurre ni mentar no sea que vaya a alimentar así la artillería de los tecnófobos.

Coinciden el profesor de la Universidad  Aberta de Portugal, Antonio Teixeira, y el director del eLearn Center de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), Albert Sangrà, en que «resulta muy difícil medir la mejora [de los centros educativos en los que ha penetrado la tecnología] y no hay estudios concluyentes al respecto». Revolucionario leer esto, si se me permite la ironía, porque uno lo que está acostumbrado a oír es que con la simple introducción de los ordenadores en las aulas la cosa cambia siempre a mejor, por naturaleza.

O por arte de magia: Fernando Trujillo, profesor de la Universidad de Granada, experto en introducción de las tecnología de información y la comunicación (TIC) en las aulas, dice que  aunque hay miles de profesores haciendo cosas increíbles y centros desarrollando programas llenos de creatividad e innovación muy eficaces, «Si estás buscando una escuela en la que se hayan implantado las tecnologías y haya sido un completo éxito, me temo que lo vas a tener muy difícil. Los cambios en educación son lentos, y me temo que con los ordenadores le hemos pedido a la escuela que haga magia»

Otra frase reseñable, esta vez del articulista: nadie discute la necesidad de enseñar a los estudiantes a manejar bien unas herramientas imprescindibles para la vida porque «está superada la idea de que “los nativos digitales” poco tienen que aprender de los adultos». No sabía yo que estuviera superada. ¡Ojalá! Pero a ver si se enteran los que repiten la consigna Prensky como papagayos cada vez que tienen oportunidad.

Por último,  Sangrá vuelve a acertar cuando dice: «Donde había regletas hoy hay tabletas, ¿quiere decir que el método es hoy mejor? Creo que no, simplemente han adaptado las herramientas. Y haciendo lo mismo, normalmente consigues lo mismo. La tecnología está retando a los profesores a cambiar sus métodos y ahí es donde puede traer el gran beneficio». Aunque él seguramente no lo interpretaría así, lo que se esconde tras esta afirmación es, en el fondo, lo que hemos repetido aquí una y otra vez:  que no es la tecnología, sino el profe, la persona, su talento, su creatividad, su amor por el alumno y la educación, lo que le lleva a sacar todo el jugo…  a una tiza o a un superordenador.

Referencias

La escuela en el laberinto tecnológico, artículo de El País