A las televisiones, a los comunicadores, a los tertulianos, se les llena la boca para que nada cambie con la libertad de expresión creando en este medioambiente simbólico una capa de residuos difícilmente reciclables. Desde luego a Telma Ortiz se le amontonan delante de su casa y, por lo visto, no es de justicia que la justicia le ayude a deshacerse de ellos. Cada mañana al salir de casa, le llega, por lo visto, una buena bocanada de libertad de expresión.

La libertad de expresión es algo serio. Imprescindible. Un elemento esencial del mecanismo democrático para garantizar a las personas la capacidad de expresar sus opiniones e ideas y proteger el que los medios y profesionales de la cosa nos informen a los ciudadanos bajo el criterio de la veracidad.

Pero abusar de ella, invocarla para convertirla en ilimitada, ponerla al servicio de la manipulación, el cotilleo o el morbo, no hace sino devaluarla, desvirtuarla, deslegitimarla. Por lo que hemos de concluir que hoy, en España, la libertad de expresión está devaluada, desvirtuada y deslegitimada.

En el actual régimen jurídico, todas las televisiones actúan mediante concesión del Estado. Son un SERVICIO PÚBLICO. El que una cadena de televisión obtenga una licencia implica que obtiene con ella el privilegio de emitir para un público muy extenso. El privilegio de meterse en las casas de millones de personas. La comunicación constituye un bien público que afecta a los intereses generales y como tal debe realizarse desde la responsabilidad. Y debe exigirse esa responsabilidad. Puede hacerse bien y debe hacerse bien. Es esencial que se haga bien. Mientras que en todos los temas que afectan a la salud social, es el Estado el que actúa a través de las leyes (por ejemplo: en la educación nadie me permitiría a mí producir educación basura), en los medios todo se deja a las frías reglas de la rentabilidad y de la competencia y se nos exige a los individuos y/o las familias que seamos nosotros el único control en nombre de una desequilibrada y desfasada concepción de la libertad de expresión.

Ningún derecho es ilimitado cuando afecta al ámbito de la privacidad de las personas, su dignidad o va contra los intereses generales. Pero eso debe de ser en países del primer mundo. Creo. Me han dicho.

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.