He releído un breve e incisivo artículo de Javier Pérez de Albéniz que me bajé de elmundo.es titulado Niños Basura en el que, haciéndose eco de un informe de la CEACUU, dice cosas tan jugosas como que los niños que se empachan de televisión basura, no sólo se vuelven agresivos y lelos, sino también gordos, porque además de consumir el subproducto audiovisual que llena de adiposas ideas sus almas paralizando sus cuerpos, se atiborran también de decenas de anuncios de porquerías alimenticias, que acaban convirtiéndoles en orondas bolas de sebo. Más o menos.

Antes de incorporarse al mundo educativo, los niños ya han sido expuestos a muchas horas de pantalla. En casa, las relaciones familiares ya no se pueden entender sin contar con ese miembro más que constituye la omnipresencia cotidiana de la televisión. Familia y mundo educativo conviven, disputan y, muchas veces, claudican ante la fascinación de las imágenes, los sonidos y los estereotipos de la televisión. Esa claudicación se manifiesta en frases del tipo «eran otros tiempos…» y sus variaciones tras de las que lo mismo les atiborramos de porquerías cuando nos las piden, que somos incapaces de ponerles una hora límite para volver por la noche o les dejamos ocupar el salón de casa con su ligue dominical mientras nosotros nos refugiamos en el fondo de nuestro dormitorio o, incluso, lo que es peor, nosotros nos quedamos en el salón y ellos se van a nuestro dormitorio. Eran otros tiempos, decimos, queriendo significar que los valores cambian según lo que mande la santa madrevisión. Hay que hacer lo que se lleva. Lo que hacen todos. Lo que vemos que hacen en televisión.

Sin embargo, este telespectador cree que los valores son permanentes. Lo que cambian son los escenarios. Los seres humanos somos siempre los mismos seres que para ser felices necesitamos crecer en torno a la libertad, la dignidad, la justicia, la igualdad, la verdad, la belleza y el amor. Cada escenario, cada momento histórico, amenaza o protege de manera diferente y con diferente intensidad esos valores que nos constituyen siempre. Y hoy el escenario es un plató de televisión.

Hace 40 años, el telespañolito vivía la austeridad en un escenario social de Cuentamé; una sociedad en blanco y negro con dos canales y un horario limitado. Hoy, con todos los espacios llenos de estridente golosina audiovisual, vivir la austeridad, no sólo no ha dejado de ser necesario sino que, al contrario, es más urgente que nunca que no les digamos a todo que sí para que aprendan a decir que no, en medio de la oferta publicitaria agobiante y el barullo de gran almacén en que han convertido nuestro ocio.

A mi generación le tocó vivir en un escenario de tabúes sexuales, de hipertrofia sexual en el que hubo que bregar contracorriente para integrar la sexualidad en la libertad y la dignidad del amor. Mis hijos han crecido y viven en un mundo de hipersexualismo, de exacerbación de lo sexual estimulado por millares de imágenes a través de las pantallas. Es que eran otros tiempos —decimos— y ahora los chicos y chicas se acuestan juntos y habrá que resignarse y cambiar nuestro código…Pero ¿ha cambiado el valor del amor? El ser humano necesita, de nuevo más que antes, del amor integrador para ser feliz y ser libre en medio de esta confusión escénica del eros electrónico en la que vivimos.

Ya saben: déjenles consumir televisión, sexo o comida, hasta que sean consumidos por ellos. Pobrecitos. No vayan a sufrir la indigestión de un no porque son otros tiempos.