La letra pequeña es endiablada e ininteligible por tamaño y por sintaxis. Está concebida para no ser leída por nadie ―excepto por jueces y abogados…­―. La letra pequeña se parece a los manuales de instrucciones de la tecnología que parecen estar hechos con la intención de no instruir o a los abrefácil que están concebidos para destrozarte las uñas sin conseguir abrirlos. La letra pequeña del medioambiente simbólico cada vez es más difícil de leer e incluso de encontrar.
Y, sin embargo, a veces, la letra pequeña es la sustancia del contrato. Es ahí donde está la realidad que más nos compromete, aunque habitualmente nos quedemos en el brillo mastodóntico de los grandes rótulos luminosos que parpadean y nos ciegan. Es en la letra pequeña de la historia ―en las historias― donde a veces encontramos la memoria. Es en la letra pequeña de lo cotidiano donde podemos leernos a nosotros mismos: la letra pequeña de nuestras diminutas arrugas que van dejando en el rostro la huella de nuestros gestos en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad y que suprimen las brillantes páginas satinadas por Photoshop.

Pero si ni siquiera tenemos tiempo de leer  la letra grande, con la pequeña, ya me dirás: ni la vemos. Hasta la letra de los libros se está convirtiendo en letra pequeña que ya casi nadie es capaz de leer. Porque leer, leer, sólo leemos los pies de foto.