Hablábamos antes de ayer de la configuración simbólica de la mujer en la pequeña pantalla y de cómo esa imagen ponía difícil a las mujeres el simplemente serlo. Es el poderío «educativo» de la televisión. Como ya hemos repetido aquí hasta la saciedad, en el medioambiente simbólico la televisión —el medio de mayor penetración, independientemente de que el soporte sea el televisor o el ordenador— se ha convertido en el primer elemento socializador ocupando los espacios y los tiempos que hasta ahora tenían reservados la familia y la escuela como elementos insustituibles para la educación personal y social.
Dice Margarita Rivière que «detrás de la pantalla de información y entretenimiento se oculta, en palabras de la UNESCO, “un sistema educativo universal y permanente” de modo que la actual avalancha de comunicación mediática equivale a un curso acelerado en valores, ideas, hábitos, costumbres, conocimientos y sensibilidades que forman parte del currículo oculto constituido por todo el conjunto de enseñanzas y aprendizajes no reglados que se asimilan inconsciente o subliminalmente».
En la televisión, Lo emocional predomina sobre lo racional. Las imágenes estimulan los mecanismos afectivos y emotivos de la personalidad más que la capacidad de razonamiento y los pueblos en momentos claves se movilizan menos por razones que por emociones. Por eso una imagen (ha crecido la importancia de la telegenia), puede hoy suscitar más fácilmente sentimientos amistosos u hostiles, la consideración del amigo o del enemigo. Apelaciones visuales o semánticas a la religión, la nación la raza, pueden desatar auténticas e imparables movilizaciones muy débilmente argumentadas.
En ella, convivimos sobre todo con el entretenimiento, con la ficción. Hasta los informativos participan de ese formato entretenedor de las imágenes. Nos sentamos ante la pantalla ideológicamente despreocupados porque no parece que vaya a discursearnos. Pero en la tele, esa amiga cotidiana, —como ha mostrado magistralmente Joan Ferrés—  los valores, las ideas, no se transmiten mediante el discurso, sino mediante el relato, la ficción, el espectáculo; mediante la diversión. Y, de ese modo, se convierte en una formidable máquina socializadora, creadora de ideas, valores y, más a menudo de contravalores.
Todo lo que requiera de explicaciones complejas tiene asegurada su marginación mediática. En gran medida, todo esto es resultado del estereotipo: una representación social, institucionalizada, reiterada y reduccionista, que convierte en simple una realidad compleja. El estereotipo supone, al igual que otros mecanismos analizados hasta ahora, el triunfo de lo primario sobre lo secundario, de lo inconsciente sobre lo consciente, de lo emocional sobre lo racional. Es el triunfo de la mentira sobre la verdad, porque la verdad exige un esfuerzo para el matiz, para el contraste, para la precisión. La exposición constante a imágenes estereotipadas de la realidad lleva a la construcción de unas representaciones mentales de la realidad igualmente estereotipadas.