Teníamos, aún la tenemos, una “ventana abierta al mundo”. Nos asomábamos e intentábamos ver por ella la plaza pública y en muchas ocasiones teníamos que cerrarla porque se nos llenaba la casa de contaminación medioambiental. A veces el cristal nos desfiguraba las imágenes mostrándonos un mundo deforme y enfermo que no es el que queríamos ver. Muchas otras buscábamos contemplar una panorámica global, el mundo a vista de águila y lo que la ventana nos mostraba era un pequeño corral o un sucio gallinero. Pero, con todo, nos pasábamos la vida allí plantados porque era un agradable dejarse llevar, fisgar un poco, simplemente mirar… Nos acostumbramos a echar una ojeada a una hora fija, como una obligación o como un rito, o como una rutina. Muchos de nosotros instalamos ventanas como esa en otras muchas partes de la casa y su iluminación artificial pasó a formar parte de lo cotidiano hasta tal punto que su visibilidad se hizo invisible. Y ya nadie las mira porque están siempre abiertas y ya nadie las ve como tampoco vemos la mesa o el florero. Nuestro salón, nuestra cocina, nuestros dormitorios dejaron de ser del todo nuestros pues nos acostumbramos a convivir de forma natural con lo indeseable. Y hemos vivido durante años lo indeseable como algo inevitable.

Pero solamente una ventana.

Seguíamos teniendo nuestra puerta. Y nuestra llave, con su sonido, nos recordaba cada día que seguíamos llegando al descanso de la intimidad de nuestra casa. Un refugio seguro. A pesar de todo y todavía un ámbito privado, cálido y familiar.

Ahora tenemos una nueva oquedad en la pared: tenemos otra puerta. Cada vez que la abrimos accedemos a un laberinto inmenso en el que el mundo, ese que no es nosotros, circula a nuestro lado cruzando millones de otras puertas igualmente accesibles. Abrimos para salir a ese mundo global que nos espera detrás de cada puerta. Pero al salir, nuestra puerta está abierta y no sólo la web cam se introduce a fisgar en nuestra casa, sino que en cada decisión, en cada click, en cada picaporte dejamos una huella nuestra, un rastro que nos define y perfila. Miramos y nos miran. Salimos, pero mientras, nos entran. Dejamos que el aire se renueve, pero nos constipamos a menudo con el aire que entra.

Nuestra casa se ha hecho permeable, transparente, se ha transformado en una casa de cristal. Somos parte de un inmeso reallity en el que estamos todos con las puertas abiertas. Somos un gran experimento sociológico global.

Usen las pantallas, no las consuman o serán consumidos por ellas en hogares con el fuego apagado por la corriente de aire de tanta puerta abierta.