A menudo nos preguntamos cuál sería la TV perfecta. Seguramente cada telespectador podría elaborar un modelo ideal de programación y sería una interesante experiencia el comprobar cómo las audiencias individuales, construirían unas parrillas con unos criterios bien distintos de los que utilizan los programadores que supuestamente trabajan para satisfacerlas.

Yo, modestamente, opino que la cuestión no está tanto en la calidad de los contenidos, sino en la calidad del acto de consumo, es decir, en el dominio del medio por parte de nosotros, los usuarios. Hoy por hoy, los telespectadores nos situamos ante la tele como objetos pasivos que repetimos día tras día un gesto convertido en costumbre. El telespectador enciende la televisión cada día sólo porque es lo mismo que viene haciendo desde siempre. Enciende la televisión y mira. Por eso es capaz de soportar y consumir cualquier cosa. Porque no es la calidad del programa la que le hace sentarse frente al televisor, sino la costumbre cotidiana de mirar.

Caminamos hacia un mundo de consumo audiovisual en el que la diversidad de la oferta va a ser prácticamente ilimitada: la digitalización, la fibra óptica, y las nuevas tecnologías van a hacer que en muy poco tiempo pasemos, como dice Castells, «de una distribución controlada de mercancías (…), a una circulación de usuarios en busca de la mercancía en un gran almacén virtual». En este nuevo contexto se acentúa nuestra responsabilidad de usuarios para saber elegir. Más que nunca va a depender de nosotros el que las grandes multinacionales de la producción de programas elijan la senda de la calidad y no la del empobrecimiento.

¿Queremos mejores contenidos? Vivamos una experiencia distinta en nuestra relación con el medio. Una experiencia ecológica y nueva, más libre y más humana del hecho casi universal de mirar la televisión. ¿Queremos una televisión mejor? Seamos mejores usuarios.

Usen la televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.