La noticia fue escuetamente esta: “una joven ecuatoriana ha sido agredida y vejada con crueldad por un macarra en un tren, ante la indiferencia y el miedo del resto de los pasajeros del vagón”.

La víctima sería una víctima anónima más. El salvaje, en el bar, tomaría unas copas sin recordar siquiera lo ocurrido. Y la noticia no sería noticia. Punto. No hay más. ¿O sí? Por supuesto que sí… están las imágenes. Y entonces la anécdota es categoría, la víctima es la Víctima con mayúscula y el agresor, amplificado por el ojo de aumento de las cámaras, se convierte en estrella mediática y anda preguntando ya cuánto le pagan por contar lo suyo en el Diario de Patricia y dicen que lo veremos junto con la mujer barbuda y el hombre elefante, en cualquier edición de Gran Hermano.

 Aquello ya pasó y volverá a ocurrir. Seguramente está ocurriendo ahora sin que podamos verlo. Sin embargo, no importa lo que ocurre, sino lo que vemos que ocurre. La noticia hoy no es la noticia, sino su imagen. Y a ese circo de 123 proyecciones de un vídeo es a lo que llaman el sagrado deber de informar. Pero yo que, aunque parezca imposible, no llegué a ver esas imágenes, conozco cabalmente lo ocurrido. ¿Saben ustedes algo más que yo? Quizá sólo me ganen en el escalofrío. Se lo regalo. Pero, por favor, disculpen, no dejen de mirar no sea que las pongan otra vez. Y usen la televisión, no la consuman, o serán consumidos por ella.