El periodismo a lo mejor ya no es el cuarto poder contrapeso de los otros tres poderes del Estado, pero sigue creando la agenda de los asuntos relevantes, sigue siendo la opinión publicada que incide en la opinión pública y su relato de los hechos,  sigue siendo esencial para que los ciudadanos vivan una auténtica democracia.
Sin embargo, el consumo de información se ha asimilado al resto del consumismo ambiental en el que, en una feroz competencia por la audiencia, lo importante es vender y las empresas periodísticas han evolucionado hacia un periodismo cada vez más partidista, más barato, más empobrecido respecto de la búsqueda de la verdad y más dedicado a  la caza de la atención para poder vender publicidad. «Así como las empresas de alimentación se dieron cuenta de que, si querían vender muchas calorías baratas, deberían empaquetarlas con sal, grasa y azúcar –el tipo de cosas que la gente desea–, las empresas de medios de comunicación han aprendido que el refuerzo de las convicciones se vende mucho mejor que la información. ¿Quién quiere escuchar la verdad si puede escuchar que tiene razón?”, dice Johnson. 

Por otra parte está Internet que no es un espacio abierto y transparente sino, como decía Parisier un conjunto infinito de burbujas individuales, de islas encerradas en sus propias convicciones. Millones de personas compartiendo y produciendo contenidos  sin control, en el que cada usuario se hace su propio menú informativo y se rodea de amigos ideológicamente afinesen las redes.

De este modo, ambos referentes informativos en vez de conducirnos al encuentro de la verdad y al intercambio enriquecedor de opiniones, contribuyen cada vez más a una polarización ideológica e individualista que nos impide compartir ninguna verdad común y en el que la mayor amenaza para la propia información es uno mismo.

Fuentes:

reseña en Aceprensa