Si el mando es poder, es también magia. Esa magia que tiene todo lo tecnológicamente incomprensible. Da a veces miedo, pero nos gusta mucho. Puede que sea lo que más nos gusta. Es una magia adictiva. La caja mágica es nuestra caja mágica: cogemos la varita de nuestro telemando, apretamos un botón y, no sabemos cómo, abracadabra, aparecen allí nuestros antípodas, los glaciares lejanos, las selvas tropicales, explosiones, volcanes, submarinos, follones, gentes de todas partes, policías, ladrones, truhanes, y la mujer del tiempo y la mujer hermosa y las torres gemelas y Bin Laden. Tocamos el botón y vemos baloncesto. Tocamos el botón y asesinatos. Otra vez el botón y mujeres y hombres enjaulados diciendo tonterías. En un gesto que nos acerca a dioses, tocamos el botón y quitamos y ponemos reyes, encumbramos o fabricamos juguetes rotos. Somos como Mickey, el aprendiz de brujo en la cocina, desbordados de imágenes.

Incluso, en ocasiones, tocamos el botón más difícil y aparece una imagen en negro que convierte la televisión en televisor. Es de nuevo el salón y la rutina… e incluso, en el silencio, la amenaza de nuestros pensamientos. Pero es tarde. Muy tarde. Algo habrá que dormir fundiendo en negro todo lo que hemos visto en nuestro sueño. Hasta mañana.

 Use la televisión, no la consuma o será consumido por ella.