La televisión empezó siendo, en un nombre que unía el continente con el contenido, una ventana abierta al mundo. Un feliz recibimiento lleno de optimista esperanza ante un medio de comunicación que nos permitiría asomarnos a la realidad lejana ensanchando nuestra mirada, abriendo nuevos horizontes, haciéndonos más sabios… Ingenuidad de jóvenes consumidores que, encandilados por ese tubo milagroso de luces y sonidos, no tardamos mucho en tragar gato por liebre. Un fraude de la serie aprenda sin esfuerzo, viaje sin moverse de su sillón, infórmese sin necesidad de leer largos y densos libros o artículos de prensa…

Íbamos a ver el mundo y nos quedamos con la mujer barbuda y el patio de vecinos. Porque el cristal era un cristal deforme , hay quien dice que espejo -yo no lo creo así-, que presentaba una copia del mundo seleccionada, producida, editada por otros no para aumentar nuestro conocimiento, sino para hacer caja, para hacer de la realidad un reallity y de la ventana una mirilla a través de la cual convertir a cada telespectador en un mirón secreto imagodependiente al que robar su tiempo.

Para hacer de la imagen del mundo un circo entretenido en el que olvidarnos del mundo.

Una ventana que no ventila sino que llena de polución ideológica y visual nuestra mirada.

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.