Catherine L’Ecuyer pone negro sobre blanco la existencia de 5 neuromitos –ideas falsas sobre la neurociencia–que, a su vez, generan otros mitos educativos que circulan por ahí (medios, colegios, familias) y que nadie cuestiona porque aparecen a menudo como verdades incontrovertibles en la literatura popular, las noticias, algunos folletos de la industria educativa, en libros de autoayuda, blogs, libros y conferencias y, por supuesto, en el márquetin de las empresas de hardware y software… pero que condicionan la manera de juzgar la realidad y de pensar la educación.

Los cinco primeros son estos: el ser humano tiene una inteligencia ilimitada en un cerebro del que sólo usamos el 10%, cada hemisferio es responsable de un estilo de aprendizaje distinto, los tres primeros años son críticos en este asunto y un entorno enriquecido de estímulos aumenta la capacidad de los niños para aprender.

Pero a la sombra de estos se han ido desarrollando otros 5 mitos digitales también incontrovertibles: las pantallas en la primera infancia son un poderoso estímulo para el aprendizaje y más tarde, para alumnos que son nativos digitales –es decir, una raza diferente y superior muy bien dotada desde el vientre materno para el aprendizaje digital, si se me permite la ironía– las nuevas tecnologías son un poderoso elemento motivador; es urgente adquirir competencias digitales imprescindibles para triunfar en el siglo XXI, siglo en el cual las aulas serán completamente digitales o no serán. ¡Ah! y por supuesto: hay que ser también un educador del siglo XXI (¿?).

Respaldada por un buen número de citas y estudios académicos, L’Ecuyer pone en solfa todas estas verdades aparentes. La capacidad cerebral humana, su inteligencia y su memoria son limitadas y hoy sabemos que «utilizamos virtualmente cada parte del cerebro y casi todo el cerebro está activo casi todo el tiempo». No se trata pues de poner en marcha mediante estimulación una parte cerebral inexistente, sino de practicar el pensamiento analítico para educar en el razonamiento crítico sin el que no existe verdadero pensamiento. Por otra parte, aunque algunas actividades cerebrales están situadas en uno de los dos hemisferios, hoy se sabe que el cerebro trabaja como un conjunto en todos los aprendizajes no habiendo evidencias de dominancia cerebral ni en las personas ni en los aprendizajes.

Respecto a los mitos sobre la relevancia de los tres primeros años y la necesidad de llenar ese periodo de un entorno estimulador mediante el contacto temprano con la tecnología, la neurociencia está demostrando, por un lado, que la plasticidad cerebral –es decir, la capacidad de adaptación del cerebro a la actividad que se le exige– está vigente durante toda la vida… y, sobre todo, por otro, que lo que realmente importa en los tres primeros años no es el bombardeo de información, a través de bits, de tabletas u otras estimulantes pantallas, sino la consolidación de los vínculos de apego con otros seres humanos lo que va permitir construir después un desarrollo posterior armónico.

Porque los niños –y los no tan niños, todos nosotros– necesitamos desde el principio y todo el rato, no tanto tecnología sino, sobre todo, relaciones interpersonales. Las pantallas en la primera infancia lejos de ser estimulantes producen más efectos negativos que positivos. Cuando un niño está delante de una pantalla, no es sólo lo que hace, sino toda la actividad físico-motora y de contacto con la realidad que deja de hacer. Una pantalla no puede sustituir al intermediario personal que da sentido a la realidad que el niño percibe y es ese intermediario humano y ese sentido lo que realmente necesita.

Referencias

Educar en la realidad

Blog de Catherine L’Ecuyer