«¿Empezaría todo con aquel «Salud» comunista de la guerra civil que pretendía erradicar a Dios de nuestra convivencia?. El caso es que luego vino el todavía más nefasto estribillo de «salud, dinero y amor» del consumismo incipiente. Pero no fue hasta que la OMS —ese organismo ideológico— identificó definitivamente la salud con el bienestar cuando esta sociedad occidental y opulenta en la que nos ha tocado vivir, se convirtió en un gigantesco templo-terma-balneario-gimnasio en el que todo es blanco, limpio y puro; inodoro e insípido; falso y ahora sin humos, es decir, inhumano.
Es la nueva religión hipocondríaca y hedonista de la salud en la que los nuevos sacerdotes son los médicos; las oraciones, las recetas y pastillas; el confesionario, el diván del psicoterapeuta; y los viejos pecados capitales del orgullo, la avaricia, la lujuria, la envidia, la gula, la ira y la pereza —verdadero retablo de la auténtica debilidad humana— han sido sustituidos por el tabaquismo, la obesidad, la insatisfacción, la fealdad, el envejecimiento, el fracaso y, por supuesto, la muerte.
Como advierte Jörg Blech en Los Inventores de enfermedades, todo se medicaliza: el feo es un dismórfico corporal necesitado de cirugía; el tímido o introvertido tiene pocas habilidades sociales y precisa de terapia conductual; el cascarrabias se convierte en un distímico sin culpa propia que hay que calmar con psicotrópicos y un niño inquieto es un hiperactivo con déficit de atención al que se pacifica no con disciplina y estrategias educativas sino con psicocorrectores nerviosos. Las orejas de soplillo, la calvicie, el aburrimiento vital, el posparto, la menopausia, los ataques de ira en un atasco, el fracaso escolar, el declive de la virilidad masculina o las arrugas faciales no son procesos normales de la vida y de su lógico desgaste ni productos de la desigualdad e infinita variedad humanas, sino problemas que requieren atención quirúrgica, farmacológica o psiquiátrica.
¿De verdad es necesario que todos los niños pasen por la consulta del ortodoncista? ¿Necesitamos de verdad, profesionalizar el consuelo tras el dolor y la pérdida en una catástrofe? ¿Es imprescindible que ante la menor incomodidad fisiológica acudamos a urgencias o nos tomemos un analgésico? ¿De verdad es un avance convertir a los fumadores en unos apestados?
La enfermedad es la imperfección porque la imperfección es sufrimiento y el sufrimiento no es una inevitable consecuencia de la vida ante la que aprendemos a madurar y a crecer como personas, sino únicamente una patología erradicable en un mundo materialista que sacraliza el más acá y se olvida del más allá. El mundo real, se convierte así en un falso y virtual mundo angélico en el que lo mejor de nosotros mismos, nuestra imperfección y la libertad para afrontarla, se cristalizan en una fría deshumanización blanca y hospitalaria.
Entonces, lo verdaderamente irrespirable no es el humo del cigarrillo sino la densidad higiénica e inhabitable de un exacerbado culto a la salud: la esclava estupidez humana tras la zanahoria inalcanzable de un cuerpo etéreo y un alma vacía.



¡Diana al centro! Excelente descripción del moderno agobio profiláctico medioambiental (y legal), y estupendas reflexiones salpicadas de principio a fin. Este es el artículo que me hubiera gustado haber escrito yo. ¡Enhorabuena a su autor!
Breve apunte: aunque flote perifrásticamente a lo largo del texto, el valor «fundamental» atacado hoy en día es la libertad y, por ende, la enfermedad resultante, la esclavitud (esta sí es citada para adjetivar nuestra estupidez). Sin libertad no hay responsabilidad y sin esta no hay «humanidad» posible en nuestros actos.
Hace poco, referidas a no sé que cuerpo normativo legal en preparación, he podido oír estas campanas: «Los padres estarán obligados a decir a sus hijos adoptivos, antes de la edad de 12 años, que tal es su condición». ¿Es esto?: ¿Gestión de los intereses de la sociedad? ¿administración del bien común? ¿asunto propio de la política? …..
No tengo la menor duda: lo que hoy le importa al PODER (occidental), es sustraer la libertad individual de cada persona, para crear en su lugar una suerte de «colectivismo» habitado por «personas colectivas» (pero fragmentadas) regulables por ley. Sólo así, eso es lo que se persigue, podrá ser vencida ¡por fin! la ingobernable y enojosa «dignidad humana personal» de todo individuo, defendida por la Iglesia Católica. La guerra es contra el Cristianismo.
José Luis Rodríguez Rigual