Boca abierta que lo vomita todo la llama fieramente Federico Fellini. También en este nombre la tele es abertura, pero aquí no somos nosotros los que nos asomamos; es ella la que penetra en nuestra casa dejando nuestro salón interior lleno de fluidos electrónicos. «Como una batidora que lo hiciera todo puré —dice— la televisión mezcla, confunde, elimina toda jerarquía, orden y claridad… resultando una excrecencia, un puré previamente digerido por otros en el que el espectador no encuentra nada construido sino sólo ruinas de lo que pudo ser un pensamiento vertebrado». Y es que el imaginario televisivo no deja títere con cabeza, mezclando el hambre con la supermodelo, el concurso frívolo con la guerra, la ficción con la realidad, la muerte con el consumo, el amor con la publicidad.

Es la hormigonera de imágenes de Joan Férrés, en la que va fraguando un espejismo compuesto de fragmentos de vidas enlatadas. O el rastro de las imágenes de José Antonio Marina: un mercadillo, un escaparate de rebajas, en el que hay de todo y no encuentras, a la vez, nada; un río de lava electrónica ante el que, tras un rato de contemplación, no consigues sintetizar sino un magma en el que —como dice Ferrés— todo es insignificante, es decir, no significa nada.

En ocasiones, si no quieren que se les licúen las ideas,a lo mejor ganarían más contemplando como gira la ropa a través del cristal de la lavadora. O, mejor, yéndose a la lavandería: allí hay gente.

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella
(Y, por favor, no se pierdan el comentario de José Luis que está justo aquí abajo)