Boca abierta que lo vomita todo la llama fieramente Federico Fellini. También en este nombre la tele es abertura, pero aquí no somos nosotros los que nos asomamos; es ella la que penetra en nuestra casa dejando nuestro salón interior lleno de fluidos electrónicos. «Como una batidora que lo hiciera todo puré —dice— la televisión mezcla, confunde, elimina toda jerarquía, orden y claridad… resultando una excrecencia, un puré previamente digerido por otros en el que el espectador no encuentra nada construido sino sólo ruinas de lo que pudo ser un pensamiento vertebrado». Y es que el imaginario televisivo no deja títere con cabeza, mezclando el hambre con la supermodelo, el concurso frívolo con la guerra, la ficción con la realidad, la muerte con el consumo, el amor con la publicidad.
Es la hormigonera de imágenes de Joan Férrés, en la que va fraguando un espejismo compuesto de fragmentos de vidas enlatadas. O el rastro de las imágenes de José Antonio Marina: un mercadillo, un escaparate de rebajas, en el que hay de todo y no encuentras, a la vez, nada; un río de lava electrónica ante el que, tras un rato de contemplación, no consigues sintetizar sino un magma en el que —como dice Ferrés— todo es insignificante, es decir, no significa nada.
En ocasiones, si no quieren que se les licúen las ideas,a lo mejor ganarían más contemplando como gira la ropa a través del cristal de la lavadora. O, mejor, yéndose a la lavandería: allí hay gente.
Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella
(Y, por favor, no se pierdan el comentario de José Luis que está justo aquí abajo)




A Fellini le cogió el auge de la televisión en la tercera y última etapa de su obra. Él siguió haciendo películas de culto (escasa taquilla), como las estupendas: I Clown, 1970; Roma de Fellini, 1972; Prova d´orchesta (Ensayo de orquesta, 1978); E la nave va, 1983; y una de sus obras maestras, Ginger e Fred, 1986. Hago cita de éstas, aunque realizó otras tantas en la misma época, por dar alguna referencia a quienes quieran ver buen cine y de paso entender mejor sus palabras acerca de la televisión. Pocos directores de cine muestran un grado tan elevado de amor y respeto por la imagen y por el espectador, como Fellini. Lo dijo él mismo: “yo no tengo que demostrar nada, sólo debo mostrar un universo, el mío” Sólo los grandes son originales, porque sólo ellos se preguntan por el origen de las cosas (del hombre, de la sociedad, de la emoción, de la fantasía, de …..) y nos van mostrando, en sus películas, el curso de sus averiguaciones, sus dudas, sus logros, sus vidas. Nada de productos “seguros”, “en la onda de lo que se lleva”, para que se me entienda: nada de cine con taquilla asegurada, previo marketing. Como pasa hoy. Como pasó siempre con la imagen televisiva.
Vean si tienen una íntima conexión o no, las palabras de Fellini que Pepe Boza ha traído a su post, con éstas otras, también del mismo Fellini: “La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”.
Esta sigue siendo hoy la realidad que vemos cuando miramos “nuestra” televisión libre de pago, la abierta, la de los pobres, la intervenida por el poder, la de la indoctrinación, la que vemos la gran masa social, ésa que de vez en cuando debe emitir su voto, ése que debiera ser libre, secreto y bien informado. Éso es lo que veo cuando miro la televisión: una colosal derrota, por ocultamiento, de nuestra sistema cultural: Los magos malos han decretado su desaparición: ya no la vemos y poco a poco va dejando de existir: no sale en la tele.
Lo que no parecen apreciar nuestros dueños mediáticos, es que “su” nueva realidad es formalmente cutre, intelectualmente pobrísima y estéticamente horrible. No es, propiamente, una cultura sino un ejercicio de rediseño de las personas, de la sociedad, que no va a triunfar: ¡al tiempo!