Hoy la difamación no va de boca en boca, sino que circula de mano en mano, de teclado en teclado. 
Desmiente Carlos Herrera en su columna Arenas Movedizas, el contenido de una carta que circula por Internet en forma de correo electrónico. Es un hoax, un bulo que un usuario perverso pone a circular por la Red y que, sorprendentemente, circula, es decir, otros usuarios se van pasando unos a otros de forma vírica porvocando una epidemia de maledicencia incontrolada. Cita Herrera otros bulos que yo aseguro son ciertos porque han llegado a mi correo electrónico: el que atribuye a Alfonso Ussía una invectiva contra Pedro Almodóvar, el de la supuesta filiación proetarra de la Oreja de Van Gogh, el que ponía en boca del diseñador Tommy Hilfiger que él no diseñaba ropa para negros, o los de Red Bull, Actimel o Coca Cola como productos dañinos para la salud por enrevesados y variados motivos.
Todos se basan en la mala uva del que los cocina y envía por muy diversos motivos que tienen en común el hacer daño. Más difícil es saber qué hay detrás de las motivaciones de los que los dan por buenos y los extienden. A mí se me ocurren dos principalmente: el miedo que es el gancho que utilizan  en todos aquellos que hablan de productos alimenticios;  y el «piensa y mal y acertarás» de toda la vida en aquellos que hablan mal de alguien generalmente conocido e importante.

Pero sin duda el motivo más importante se refiere a las características de la propia Red: anonimato, la facilidad del click, la extraña inocuidad que transmite el propio entorno doméstico, la sensación de poder grupal masivo de la supuesta comunidad virtual y la total falta de compromiso y esfuerzo personal que supone el reenvío.

La Asociación de Internautas, ha realizado un estudio independiente a 3.129 internautas demostrando que 7 de cada 10 no saben distinguir entre una noticia verdadera y un rumor/ bulo ―mucho me parece a mí que haya 3 que sí sepan―, y ofrece unas pautas para reconocer si cierta información es o no un bulo: la anonimia, la ausencia o imprecisión de las fuentes, la ausencia de firma, la ausencia de fecha y su redacción intemporal, el gancho morboso, monetario o generador de miedo, la elección de un castellano neutro para facilitar su difusión internacional, y por supuesto, la petición de reenvío para alertar, evitar la mala suerte, evitar la muerte, etc..

Si al poder perverso del contenido del hoax, se le añade que muchos de estos reenvíos se siguen realizando poniendo decenas de direcciones de correo no ocultas facilitando de ese modo la recogida de miles de direcciones IP de los usuarios, su perversidad aumenta exponencialmente con cada irresponsable click

Usen Internet, no lo consuman de cualquier manera, o serán estúpidamente manipulados por ella.  Y -como dice al final de su columna, Herrera, Carlos-  por favor, no se crean todo lo que circula por la Red, 

no olviden que ahora no es nuestra boca quien murmura y nuestro oído quien oye, sino el silencio anónimo del brillo de una pantalla y nuestras manos en el teclado.