Un niño juega en un canal cloaca de Puerto Príncipe el 9 de enero de 2011 (REUTERS/Jorge Silva)
Ha pasado un año del ciclón mediático que sucedió al terremoto de Haití. Todos fuimos Haití durante un par de días o quizá una semana. La fuerza de las imágenes introdujo en nuestros ojos y en nuestros comedores la ruina,  la muerte y la desolación de un pueblo, de un país.
La solidaridad internacional canalizada por las televisiones de medio mundo, se dio cita en Puerto Príncipe para hacerse la foto y, seguro, para ayudar de veras. Dimos nuestro dinero. Nos compadecimos.

Desde entonces, Haití ha sufrido un huracán ―el «Thomas»―, está padeciendo una epidemia de cólera sin solucionar, acaba de celebrar unas elecciones declaradas fraudulentas por la comunidad iberoamericana, y no ha recibido sino un 5% de los 10.000 millones de dólares que la Comunidad Internacional se comprometió a donar en marzo de 2010. Más de un millón de personas viven en campamentos provisionales de desplazados. Los muertos por el cólera se aproximan a los 3.000. Son 20.000 las personas hospitalizadas.

Pero Haití ha desaparecido del campo visión de nuestras cámaras y nuestros micrófonos y, finalmente ha salido de nuestras salas de estar y de nuestros ojos incorporándose al anonimato de las guerras olvidadas, las catástrofes y los  conflictos de los que nunca somos informados.

No está de más leer hoy el post Imágenes de Haití que escribíamos hace un año.

No está de más echar un vistazo a las imágenes que nos ofrece hoy The Boston Globe.

Haití se queda sin lágrimas y nosotros también. Ellos porque las han gastado todas. Nosotros porque no tenemos imágenes que nos las provoquen.