En un informe titulado Comunicación y conflictos entre hijos y padres” (Eusebio Megías Valenzuela, Coord., FAD (2002) se establecía  una clasificación de 4 modelos familiares desde el punto de vista funcional que resulta mucho más útil y reveladora que la de los nuevos modelos de familia de los que se habla tanto:
1. Familia endogámica, la familia sólida, quizá demasiado: roles paterno y materno bien definidos, identidades fuertes aunque en igualdad y con buenas relaciones padres-hijos, enrocamiento excesivo en sí mismas. Les faltaría flexibilidad y capacidad de adaptación. Al margen de los cambios sociales. (23,7%.)
2. Familia adaptativa: la familia líquida: flexible, abierta, sin miedo a afrontar situaciones nuevas con libertad aunque generen conflictos. Las responsabilidades de cada uno están bien delimitadas, pero en continua revisión. Exigencia de autonomía adolescente y  padres con formación superior e ideas abiertas. Familia unida, pero de negociación, de búsqueda, sin miedo al conflicto. (18,4%)
3. Familia conflictiva: la familia gaseosa, desestructuración, relaciones muy difíciles entre sus miembros por la conducta y hábitos de los hijos en relación a las drogas, lo afectivo-sexual, amistades y relaciones entre hermanos. Relaciones padres-hijos con escasa  o muy mala comunicación.  (15%)
4. Familia nominal: la familia ligth, permisiva, la familia derretida, disuelta, la no familia en la que lo sustancial es lo insustancial. Los padres optan como valor por: “vivir al día sin pensar en el mañana”, “invertir tiempo y dinero en estar guapo o guapa”, “disponer de mucho tiempo libre y de ocio”, busca la ausencia de conflictos y acaba en la falta de implicación de los padres en la educación de sus hijos: “más vale no ir contracorriente para no ser bichos raros”, con los hijos de la generación «ni-ni». (42,9%)
No me preocupa tanto que haya familias conflictivas —aunque ese 15% sea demasiado alto— sino ese casi 43 % de familias nominales, las que sólo lo son de nombre (las «no familias»), y el hecho de que entre unas y otras, casi el 60% de las familias españolas o deseducan o se inhiben de la educación que es otra manera de deseducar delegando por completo en la escuela o en la tecnología con forma de pantalla.
Un mensaje muchas veces repetido aquí es que la progresiva desaparición de los padres de casa ha coincidido con la penetración de las tecnologías mediáticas.  El vacío de unos ha sido rápidamente ocupado por las otras. La tecnología como primer elemento socializador de niños y adultos ocupando gran parte de los espacios y los tiempos que hasta ahora tenían reservados la familia y la escuela como elementos insustituibles para la educación personal y social. La calle invadiendo el reducto de lo más íntimo, introduciendo en casa con toda naturalidad aquello que de ningún modo admitiríamos ni en la calle ni en la escuela: ya saben: la zorra dentro del gallinero.
Pero no es un problema solamente tecnológico: es más de fondo y, como casi siempre, de carácter económico. El tiempo en la sociedad en que vivimos es un valor económico y debe ser sobre todo productivo. Y educar, por lo visto, no lo es.
La limitación del tiempo de los cónyuges, por falta de medidas de conciliación laboral hace que la crianza y educación de los hijos se transfiera en su totalidad a instancias públicas como la escuela o las pantallas. Y las medidas que se van tomando para armonizar la vida laboral y familiar basculan una y otra vez del lado de medidas sustitutorias de la familia y  no del lado de liberar a los progenitores del tiempo que han de dedicar a la producción y a la necesidad de evasión tecnológica que origina.
Los usuarios, padres y madres, sí existimos, pero no se nos ve porque no estamos y cuando estamos, estamos sepultados bajo ese maremágnum de tecnologías que hemos dejado entrar en casa y que, en principio, estando a nuestro servicio, puede que hayan terminado por anularnos.