Fuera del ámbito familiar que veíamos ayer,  ha crecido el tiempo–escuela y simultáneamente las exigencias que se le plantean al sistema escolar no son ya las tradicionales. En general, se tiende a esperar y a exigir de las escuelas que sean un espacio de custodia y permanencia de los niños más que un ámbito de instrucción y aprendizaje, mientras sus padres y madres trabajan. De la escuela se espera que lo enseñe todo y eso hace que termine por no enseñar finalmente nada.
Por último, las pantallas se ocupan también de la custodia y permanenciade las audiencias. Interesadas en la presencia de los espectadores delante de su publicidad, no sólo no educan sino que tienden a deseducar promoviendo valores contradictorios con los educativos, y potenciando el escapismo y el desaliento en la participación democrática al sustituirla por un individualismo de burbuja.
¿Qué hacer?
Primero, tomar conciencia ante el fenómeno que acabamos de describir, es decir, ante la nueva distribución de las funciones entre escuela, pantallas y familia. Esta toma de conciencia tiene que ser individual, colectiva e institucional. Es un problema político de primer orden. Hay tareas educativas que sin la familia –sea cual sea el carácter de ésta– no se podrán cumplir con eficacia.
Segundo, poner en marcha una estrategia para cambiar la situación trabajando en tres direcciones al mismo tiempo: 
·        Reforzando la función educativa de la familia dotándola de mayores recursos. Sobre todo de tiempo para atender mejor a la formación de los hijos. Más tiempo y de más calidad, es decir un tiempo no compartido con la evasión individualista de las pantallas.
·        Proteger y refundar la función educativa de la escuela: reducir el valor que hoy se atribuye a la permanencia y procurar mejores condiciones para la instrucción, el aprendizaje y la formación que le devuelvan su sentido: formar buenas cabezas y construir espíritus críticos y libres.
·        Recuperar la responsabilidad educativa de las pantallas. Las pantallas son hoy la tribu de la que habla el proverbio africano citado tantas veces por Marina. Las televisiones, Internet, el cine, los medios…, no pueden tener como único valor el comercial. Porque, aunque no quieran hacerlo, tienen una función educadora de primera magnitud. El Estado debe velar porque se tenga en cuenta esa realidad y debe promover instituciones y campañas que promuevan un buen uso de los medios, provean a las familias de elementos de control y protección parental y exijan un buen nivel de calidad de los productos mediáticos.
Esto supone reestructurar el uso social del tiempo: si queremos conseguir una sociedad equilibrada y una educación que valga la pena, el tiempo-familia tiene que ser superior al tiempo-escuela y éste, a su vez, superior al tiempo-pantalla.  Exactamente al revés de lo que es ahora.
Ambas —sociedad y educación— precisan de un medioambiente simbólico limpio y fresco para desenvolverse y de una tribu que se despegue del hipnotismo de las pantallas, una sociedad formada por ciudadanos y no por espectadores, una sociedad en la que vivir intensamente en lugar de contemplar pasivamente como viven los demás. Familia, escuela y pantallas juntas y en la misma dirección, nada más. Y nada menos.
El prime time, en vez de ese tiempo en el que la publicidad alcanza su máximo valor económico porque va a ser consumida por millones de ojos, debería ser el tiempo familiar  por excelencia, ese tiempo de oro en el que poder por fin, estar juntos. Caminar hacia la cronoecología, la ecología del tiempo, el tiempo sostenible, enriquecedor y creativo.
Es más urgente que nunca la conciliación y la racionalización de horarios, para poder vivir de forma más humana con los medios. Necesitamos a los padres en casa para recuperar el espacio cedido a lo mediático y a lo público.
Los pequeños gestos cotidianos, como comer en familia con la televisión apagada, aparcar y apagar el móvil al entrar en casa, controlar el tiempo de navegación en la red…. constituyen el germen de grandes cambios con los que construir la salud social.