Vicente Verdú, en su excelente ensayo El Estilo del Mundo, la vida en el capitalismo de ficción,  se aproxima al fenómeno posmoderno del valor añadido que supone para una ciudad la construcción de un museo, puente, recinto o pabellón. De sus páginas 131-138 prafraseo a vuelapluma algunas ideas que pueden ayudar a entender lo que realmente supone y es nuestra EXPO. No valoro que esa realidad sea buena o mala, sólo que eso es lo real y no lo que nos vende la sociedad mediática. Porque una EXPO no es un acontecimiento para el intercambio de ideas y el cambio social, sino para la diversión; no es educación, sino distracción; no es reflexión, sino entretenimiento, tiendas, boutiques y merchandising y, sobre todo, acontecimiento mediático que revierte en valor añadido simbólico para la ciudad que la construye y organiza.

Siguiendo el modelo de márquetin urbano del Guggenheim de Bilbao, si otras épocas legaron palacios o catedrales, esta brindará museos, ciudades de la ciencia, recintos EXPO… Contenedores en los que no importa el contenido sino su función de edificación-suceso e inmueble-impacto promocional para aumentar el valor de la imagen de marca ciudadana. La función de los pabellones emblemáticos no es lograr y mostrar una obra maestra, sino producir noticia. Lo que importa es traducirse en objeto mediático; incorporarse por la vía sensacionalista, a las autopistas de la comunicación, al mundo de los media y sus titulares. Un tipo de recinto que excita la sensibilidad del visitante y funciona con pautas semejantes a las de los parques temáticos. Un entorno emocional. ¿Dónde estamos en Port Aventura? No: en la Expo. 

Y en ese mecanismo de producción, el número de visitantes al espectáculo es muy importante porque ese número amplificado por los medios de comunicación, la publicidad y el márquetin añade valor a lo visitado como lo hace el número de discos vendidos, el share de audiencia televisiva o la cifra de taquilla de cualquier otro espectáculo.