Creeme, te estoy mintiendo - UNAIVERO

Escuchamos a menudo que  vivimos en la «era de la comunicación», en la «era de la información». Son afirmaciones que expresan una visión positiva y ciberoptimista que describe una sociedad en la que la comunicación y la información fluyen con facilidad nos comunicamos mejor, accedemos más fácilmente que nunca a la información y la compartimos también con más fluidez y habilidad; sabemos más, estamos más cerca unos de otros, conocemos mejor lo que ocurre, somos más transparentes, la verdad de lo que nos rodea nos es más inteligible. Sería una época dorada para la libertad efectiva de los ciudadanos y la democracia real puesto que no sólo hemos mejorado exponencialmente nuestros recursos como receptores, sino que nos hemos convertido también en emisores, en un contacto instantáneo en vivo y en directo con los demás y con la realidad, que ha superado definitivamente la dependencia de intermediarios. Verdad, Bondad y Belleza se abrirían naturalmente paso, casi de manera espontánea, a través de esta sobreabundancia informativa y esta riqueza de nuevas y eficaces vías de comunicación.

Sin embargo, algunos hechos de los que voy a citar aquí solo dos –uno subjetivo y otro objetivo– desmienten tanta felicidad.

Subjetivamente, mientras asimilamos pasivamente el mantra repetido de que vivimos más libres e informados, la percepción más generalizada es que nos sentimos en realidad en un estado de confusión y desconfianza permanente ante la comunicación e intoxicados por una saturación de datos imposible de manejar en la que la mentira circula con la misma alegría que la verdad.

Objetivamente, la constatación de que, a la vez que el conjunto, prestaciones y calidad de los instrumentos para comunicarnos –ordenadores, móviles, apps, redes sociales, buscadores, wikis, blogs…– crece de manera exponencial, crece también con ellos el número de empresas y profesionales para ayudarnos a manejarlos.

Ambos hechos –subjetivo y objetivo– están íntimamente relacionados: precisamente porque la sensación es de caos, confusión y sobreinformación, la comunicación es un valor en alza que se monetiza como un bien escaso e inaccesible para la mayoría. Algo ocurre cuando lo que debía nacer de la sencillez y la eficiencia de un ambiente propicio, necesita profesionalizarse, es decir, ponerse en manos de expertos. Si cada vez hay más gente dedicada a facilitarnos una tarea, es que esta tarea se ha hecho más compleja y más difícil y, desde luego, muy lejos de cualquier espontaneidad. Sólo cuando un bien es escaso estamos dispuestos a pagar a expertos para que nos lo proporcionen.

Así, nos rodean empresas de publicidad y márquetin –que ahora se llaman precisamente «de comunicación»– para colocar un producto, un mensaje, una idea en el mercado y asegurar su consumo;  asesores de imagen para indicarnos cómo debemos presentarnos ante los demás; comunity managers para orientarnos en el proceloso mundo de las redes sociales; gabinetes de prensa para mediar con los intermediarios; consultorías, relaciones públicas, diseñadores, prepscriptores… Expertos que nos ofrecen todo tipo de servicios que básicamente consisten en explicar a los demás algo aparentemente tan sencillo como quiénes somos y qué hacemos: identidad corporativa, press meetings, eventos, logotipos, interfaces de páginas web, diseño de apps, diseño de catálogos, cartelería, señalética, vídeos corporativos, “píldoras” audiovisuales, posicionamiento…

El que se mueva no sale en la foto. O al revés: muévete para salir en la foto. En esta sobreabundancia, en este ruido, en este gran anonimato provocado por la omnipresencia de la comunicación y la visibilidad, esta no es una opción, sino una obligación: o “comunicas” o no estás. Y en este juego, comunicar es conocer cada vez con más exactitud y profundidad el comportamiento, el modo de ser, las aspiraciones y los miedos de aquellos –los demás– a los que queremos comunicar nuestro mensaje para utilizarlos en la consecución de nuestro objetivo. Es captar la atención –otro bien escaso–. Es diferenciarse, sacar la cabeza, sonreír con una dentadura perfecta y blanqueada. Es ser noticia, es decir, crear una noticia que no lo es. Es contagiarse de valores que no nos pertenecen, pero que nos prestigian. Es gestionar las crisis, es decir, presentarlas no necesariamente del modo verdadero, sino del modo correcto para que no parezcan una crisis o para minimizar su impacto. Es maquillar, a veces enmascarar hasta el fraude, la realidad para hacerla más atractiva, diferente, sorprendente o simplemente llamativa. Es poner en circulación mentiras víricas y rumores contaminantes… Créeme: estoy mintiendo, es el título de un libro de Ryan Holyday  –experto en viralidad–  que resume lo que queremos decir.

Vivimos en un ámbito en el que lo importante no es ser sino parecer y en el que –se quejaba el otro día un inculpado– lo de menos es la culpabilidad cuando cuarenta segundos de telediario te pueden estropear la vida para siempre. Respiramos un medioambiente simbólico en el que los  llamados “prescriptores” –cualquier famoso sin más mérito que serlo– o la fuerza irresistible e irracional de las imágenes puede convencernos de que algo está bien o mal o incitarnos a adquirir un producto en lugar de otro, una idea en lugar de otra, una conducta en lugar de otra, un valor en lugar de otro valor. Habitamos un espacio con una prensa que, en vez de ser el cuarto poder crítico que sirve de contrapeso al poder político, se ha convertido en una compañera de viaje de la partitocracia y la publicidad a las que sirve de portavoz amplificador en vez de filtrar, explicar y analizar sus mensajes. Nos movemos en un contexto en el que hay que vencer la desconfianza del receptor que ya se ha acostumbrado a descontar automáticamente el embellecimiento y la falsedad del mensaje restando lo que considera artificialmente añadido a la verdad por el profesional intermediario y que intenta aprender a leer entre líneas lo que no se dice para saber lo que se dice de verdad.

Y en un paisaje así, ¿se puede hablar todavía de la verdad o hay que preguntar como Pilatos «qué es la verdad» en medio de tanta máscara y tanto espejismo? ¿La verdad es todavía exigible? ¿Todo este negocio, toda esta tecnología, todo este mercado mediador, ilumina u oscurece la realidad mediada?

Respondan ustedes mismos y, recuerden: usen la tecnología, no la consuman o serán consumidos por ella.