Tan sencillo como lo que se ve.
Debe haber una edad (los especialistas dirán) en la que los hijos se sienten atraídos por lo que «ven» que «hacen» sus padres y surge en ellos una natural tendencia a la mímesis de lo parental (anterior y más fuerte que la de lo social) porque, entre otras muchas razones, es la manera más inmediata de satisfacer su necesidad de «ser mayores». Ahí: jugar a papás y mamás, pintarse como mamá, afeitarse como papá, ponerse los zapatos de los papás, «explorar» los cajones de sus despachos y los armarios de sus dormitorios,… ¡y! leer, oír música, cocinar, etc, ¡cómo hacen ellos! Sensu contrario, no hace falta argumentar qué puede suceder cuando los hijos ven a sus padres consumir su tiempo en fijar su mirada (y sustraerla al resto del entorno) sobre una superficie luminosa de una media de cincuenta centímetros cuadrados (móviles) o cuatrocientos (TV).
Tan sencillo como lo que se ve.
Debe haber una edad (los especialistas dirán) en la que los hijos se sienten atraídos por lo que «ven» que «hacen» sus padres y surge en ellos una natural tendencia a la mímesis de lo parental (anterior y más fuerte que la de lo social) porque, entre otras muchas razones, es la manera más inmediata de satisfacer su necesidad de «ser mayores». Ahí: jugar a papás y mamás, pintarse como mamá, afeitarse como papá, ponerse los zapatos de los papás, «explorar» los cajones de sus despachos y los armarios de sus dormitorios,… ¡y! leer, oír música, cocinar, etc, ¡cómo hacen ellos! Sensu contrario, no hace falta argumentar qué puede suceder cuando los hijos ven a sus padres consumir su tiempo en fijar su mirada (y sustraerla al resto del entorno) sobre una superficie luminosa de una media de cincuenta centímetros cuadrados (móviles) o cuatrocientos (TV).
José Luis
No hay fuerza educativa tan potente como el ejemplo, en efecto. Òsmosis, amigo.