José Luis me envía este vídeo con la recomendación de que le ponga palabras. Sin embargo, me parece que verbalizarlo sería como romper su magia y tergiversar su mensaje. Siempre hemos dicho que una imagen vale más que mil palabras sólo cuando hemos dicho mil palabras sobre ella. Salvo con lo evidente que tiene toda su fuerza en que simplemente se ve.
He aquí 8 minutos indudables de auténtica certidumbre sobre la televisión.



¡Hum! … no sé si en la última línea das pistas que pueden abortar el efecto perseguido por la pieza.
No hay créditos, pero me parece que la música –el otro gran elemento de lo que vemos– es de Michael Nyman (adoro su música). Salvo el título, cuyas letras están hechas de ruido televisivo (comúnmente conocido como «nieve»), no hay pista alguna que permita intuir que los niños están hipnotizados ante la pantalla de un televisor. Los niños aparecen totalmente descontextualizados (no son niños de un tiempo, cultura y ubicación localizable) para no sumar un ápice de información a su desnuda visualidad, a su imagen. Su expresión queda así incontaminada de la causa que la produce: esa pantalla fuera de campo en un espacio en off heterogéneo. Es decir: esos niños somos también nosotros cuando vemos televisión.
¡Claro! ¡Qué tonto soy! Si los niños están descontextualizados de toda cultura, clase social y ubicación territorial … ¡es que son niños globales! como TODOS los telespectadores y usuarios de pantallas globales.