Siguiendo todavía la estela del verano, esta vez es Miguel el que habla. El pitillo de después de cenar nos obliga a salir de la casa. En la noche hay un cielo estrellado que difícilmente podemos contemplar en la ciudad. Miramos las estrellas sin hablar. No hacen falta palabras. No las hay. Al final la palabra es un intento de compartir nuestro asombro ante el firmamento.

Y  Miguel me comenta cómo este espectáculo gratuito está cada vez menos accesible a la mirada contemporánea. No sólo porque cada vez hay menos lugares con la oscuridad necesaria para contemplarlo en la vida cotidiana, sino porque, en cierto modo, hemos inundado de distracción y entretenimiento sofisticado y tecnológico los placeres simples y gratuitos que sólo el verano, el ocio, el tiempo libre, y la desconexión nos permiten a veces recuperar.

El otro día subimos a Nerín por el cañón de Añisclo. Todo un espectáculo. Detrás en el coche, tus sobrinos no miraban el exterior, no vieron nada: tenían el brillo de la pequeña pantalla de la consola en los ojos y los auriculares,  bib-bib-bib, en los oídos. Estaban conectados.

Yo estuve a punto de instalar en el coche una pantalla de DVD para hacerles a mis hijos los viajes más entretenidos… Pero me arrepentí a tiempo. Y me alegro. Bendito aburrimiento. Prefiero obligarles a solucionarlo con mi implicación, con su imaginación y con la ventanilla’.

Y seguimos mirando las estrellas, mientras terminábamos de fumar el pitillo.