El blog Familia actual trae un post firmado por Carlos Goñi que cuenta la experiencia de desconexión narrada por el tecnólogo norteamericano Steven Corona que trabaja como director de la compañía Twitpic que produce aplicaciones para que los usuarios de Twitter puedan publicar fotos  con mayor facilidad en la red social.
 
Corona no se aisló en un monasterio del Tibet, ni tiró su teléfono inteligente a la basura: simplemente decidió estar treinta días sin conectarse a Twitter, Facebook y Reddit tal y como suele hacer diariamente desde hace unos cuantos años.
 
Su testimonio es especialmente valioso porque no se trata de una persona mayor, sino de un completo nativo digital de 25 años completamente inmerso personal y profesionalmente en las nuevas tecnologías.
 
Cuenta que no sólo sigue vivo después de su experiencia, sino que ha sido enormemente enriquecedora en tres direcciones: se ha hecho consciente de hasta qué punto estaba enganchado a las redes sociales, de hasta qué punto esto le hacía perder el tiempo y, sobre todo, de hasta qué punto había llegado a sustituir las relaciones reales por las virtuales y la enorme diferencia que hay entre unas y otras.
 
Lo primero que sintió fue síntomas de un malestar que indicaban que estaba pasando por un síndrome de abstinencia que ponía de manifiesto la capacidad de enganche de las pantallas por la que la decisión libre de conectarse a una red social se convierte fácilmente en una necesidad inconsciente que te lleva, por ejemplo, a que lo primero que haces cada mañana al despertar es lo último que haces cada noche antes de dormir: conectarte a Facebook o Twitter, algo parecido a lo que le ocurre al fumador empedernido que necesita empezar y acabar el día con un pitillo para sentirse realmente a gusto.
 
Lo segundo, que vale más la riqueza del tiempo que pasas con la gente que el que dedicas a acumular  una información cuyo flujo interminable no sólo no puedes asimilar, sino que te ocupa la cabeza y el tiempo impidiéndote ponerlos al servicio de lo que realmente te interesa.
 
Quizá lo más interesante de la experiencia que cuenta en Lifehacker.com es que tras su experiencia de desconexión ha vuelto a conectarse de otro modo mucho más libre, más consciente y reflexivo. Es imprescindible desconectarse, alejarse, contemplar con objetividad qué nos está pasando, qué uso hacemos de las tecnologías, si realmente las consumimos o son ellas las que nos consumen a nosotros.
 
Es lo que hemos defendido desde aquí tantas y tantas veces: las utilísimas nuevas tecnologías exigen de un autocontrol consciente sin el que acabamos siendo abducidos a un consumo estúpido y compulsivo que nada tiene que ver con la comunicación: son esas parejas, familias, grupos de amigos a los que se les ve en las terrazas de las cafeterías, juntos, pero aislados cada uno en su Smartphone; esas interrupciones de la comida, de la conversación, de la participación en una reunión a causa de una llamada telefónica que son mucho más que una descortesía; esa inquietud cercana al mal humor cuando nos olvidamos del móvil o nos hemos quedado sin batería por no tener el cargador a mano; ese bobalicón no saber qué hacer si no es encender una pantalla para consolarnos por fin con su brillo; ese gesto inconsciente de encender constantemente nuestro soporte electrónico para ver si tenemos algún mensaje, correo, llamada nuevos…
 
«Miles de jóvenes y no tan jóvenes, quizá nuestros hijos, —dice Carlos Goñi— están atrapados en las redes sociales, como lo estaba Steven Corona. Continuamente conectados con un mundo virtual y desconectados del mundo real. Viven encerrados en el fondo de la caverna mediática, llenándose de datos y hablando con sombras. Los amigos reales los tienen al lado, pero no los ven porque no pueden desviar la mirada de sus pantallas. Sugerimos […] que este agosto, el mes de las vacaciones, lo sea de verdad, que nuestros hijos adolescentes prueben a estar, como lo estuvo Steven Corona, 30 días sin Facebook, sin Twitter, sin conexión. Seguro que, al salir a la luz y contemplar la realidad iluminada con luz natural, descubrirán que estaban atrapados en una red, y se sentirán liberados. ¡Feliz desconexión!».
 
Amén.