
Comenta Carmen García Herrería en Aceprensa un par de autores que han reflexionado sobre la dispersión de la atención y la imposible posibilidad de la multitarea.
Uno de ellos es Clifford Nass profesor de la Universidad de Standford, recientemente fallecido a los 55 años de un ataque al corazón estando de excursión con uno de sus hijos, y creo que responsable de que en su universidad se restringiera el uso de smartphones y ordenadores personales en las clases y conferencias. Apoyado en un estudio que realizó con sus propios alumnos –y, en mi opinión, en el sentido común– concluyó que la hiperconectividad daña el pensamiento cognitivo porque nuestro cerebro no está preparado para hacer varias cosas a la vez y que al contrario de lo que opinan otros, estar permanentemente conectados nos hace menos sociables, menos eficientes y menos inteligentes, tendentes a sufrir una cierta atrofia emocional que no se soluciona tanto con menos tecnología como con más comunicación cara a cara. «Deberíamos volver al mírame cuando te hablo», dijo. Se puede decir más alto, pero no más claro. Buena gente este Clifford. Descanse en paz.
Mucho más conocido, Daniel Goleman, que desde que inventó la inteligencia emocional, ha invadido hasta la saciedad todas las sopas de la pedagogía y la psicología de unos años para acá; le ha sacado todo el jugo posible explorando todo tipo de inteligencias sectoriales, desde la emocional a la ecológica. No sé si tendrá la misma suerte con «Focus, desarrollar la atención para alcanzar la excelencia», el último libro que acaba de publicar, porque habla de la atención y ¡ay!, con las nuevas tecnologías hemos topado, amigo Sancho. Además lo de la inteligencia emocional era muy bonito, pero no muy trabajoso. En cambio la atención exige esfuerzo, palabra maldita. Ya veremos. Entretanto, Goleman, que no es cualquiera, defendiendo la atención: una pica en Flandes.
Primero dice que la atención es imprescindible para conseguir cualquier logro, no sólo para realizar una actividad bien hecha, sino incluso para las relaciones humanas. Estar atentos, nos permite darnos cuenta de las cosas, de los significados, de los gestos, de los contextos y comprender mejor así a los demás. Son cosas obvias, pero tal y como estamos, necesitamos de reputados nombres para darles validez.
Los cada vez más mayoritarios TDA –a ver si lo lee Prensky– son incapaces de comprender lo que ocurre a su alrededor y sufren por ello. El despliegue tecnológico, aunque tiene una serie de obvias ventajas, no ayuda en nada a la atención, entorpece nuestras relaciones y hace que la atención hoy sea un tesoro cada vez más escaso. La atención es como un músculo que hay que entrenar para poder aislarnos de los estímulos exteriores y, como es tan importante, Goleman propone que el entrenamiento forme parte –como no- del curriculum escolar. Para ello aconseja ejercicios budistas de concentración. Haremos a partir de ahora meditación trascendental budista entre clase y clase. En mi cole, ya hacemos cierto ejercicio de concentración, aunque cristiana, cuando llevamos a nuestros alumnos al silencio de la oración de la mañana. E incluso cada quince días, les llevamos en grupos de diez o doce a rezar media hora a la capilla. No es budismo, pero puede valer ¿no?
Referencias:
Daniel Goleman. Focus: Desarrollar la atención para alcanzar la excelencia. Kairós. Barcelona (2013). 360 págs. 18 € (papel) / 7,99 € (digital). T.o.: Focus: The Hidden Driver of Excellence. Traducción: David González Raga y Fernando Mora Zahonero



«Atender»; tercera acepción DRAE: Aplicar voluntariamente el entendimiento a un objeto espiritual o sensible. «Entendimiento»; tercera acepción: Razón humana. Y, más a más, para refrescar en qué consiste la «razón humana», la primera acepción de la voz «entendimiento», es: Potencia del alma, en virtud de la cual concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otras de las que ya conoce. Total: atender, prestar atención, supone una inequívoca voluntad de «conocer» las cosas mediando el uso de la razón.
Hay que recordar que el acto de atender -atentamente- procura, por sí mismo, enorme placer al que lo practica, antes incluso de llegar al conocimiento del objeto al que se atiende. Y es lógico que así sea porque supone el control o dominio sobre aquellos estímulos externos -como nos dice Pepe- que puedan frustrar la efectividad de nuestra atención y, a la par, una «experiencia» personal o sensible de nuestro conocimiento. Siendo cierto del todo que la atención requiere entrenamiento, sugiero que éste se opera más de un modo inadvertido (o derivado de la práctica habitual de atender objetos que se nos hacen interesantes) que de otra cualquiera manera, incluída, la de la meditación como «preparación» adecuada al caso. Es así, que si desligamos de la meditación su adjetivación, en nuestro caso budista o cristiana, es decir, su ideologización, nos queda algo parecido a la mera relajación física y/o psicológica. Y no veo yo la relación entre la atención perseguida y la relajación practicada.
Jose Luis
PD. Nunca he practicado meditación budista, pero si los contenidos propuestos o fines perseguidos son los que enuncia el budismo….. que no me esperen; me quedo con el misterio cristiano.
Siempre con tu amigo, el DRAE de la mano, aportando precisión lingüística. ¡Cuánto tengo que aprender de ti, amigo!
¡Hála…! Yo lo veo al revés, Pepe.
José Luis