Miquel Masgrau
Segunda toma de las cucharaditas de «El placer de dejar de fumar» (Origen, esplendor y muerte de una adicción) , del Dr. Masgrau que comenzábamos ayer. Un texto impagable.

«Hasta hace poco, los humanos no tenían que buscar en los libros qué podían y qué no podían hacer. Está claro que el hombre estaba obligado por necesidades perentorias, pero tenía más dominio sobre las que caían en la órbita de su poder. Nunca el hombre había sido tan potente: montado en un tractor, un labrador puede hacer cien jornales en un día, y el más apocado puede plantarse en una jornada en cualquier lugar del mundo. La tecnología ha liberado buena parte de la sociedad de los trabajos más pesados, hecho que posibilitaría que el hombre dispusiera de un tiempo y de unos recursos para gozar como nunca de la existencia. Pero esta potencia se impone de tal forma que da la sensación de que el hombre no puede hacer nada por sí mismo, la fuerza de la máquina parece ir en detrimento de la fuerza humana.

A la vez que el hombre está convencido de que no puede hacer un montón de cosas que están a su alcance, se siente obligado a hacer otras que son perfectamente prescindibles. Nunca se habían tenido tantas cosas ni nunca se había estado tan necesitado. Esta es la paradoja: cuando el hombre tenía lo justo para vivir, se encontraba menos necesitado que ahora, que tiene de todo, pero que se siente mutilado si se le estropea el coche o la lavadora, si se le cuelga el ordenador, se le funde la lámpara del televisor o cualquier otra nimiedad. No se pueden pasar las calenturas sin fármacos, los decaimientos sin estimulantes, las tristezas sin antidepresivos, el dolor sin calmantes, ni siquiera se puede dormir sin pastillas. Y es que el hombre moderno es adicto a todo: al café, al pan, al chocolate, a los laxantes, al teléfono, al mando a distancia, etc. Pero cuando nos encontramos a un yonqui tirado en un portal no pensamos en que esa degradación no es más que el extremo más lastimoso de una gran adicción social.

Inhalando el humo del tabaco [ o sometiéndonos a las pantallas] hemos ido creando una sociedad adicta, y estas adicciones químicas y sobre todo emocionales de las que es tan difícil sustraerse, alejan al ser humano del flujo de la vida y lo llenan de insatisfacción.

[…] La tecnología, lejos de liberar a la humanidad, la ha empequeñecido. Y, en la empresa de dominar la naturaleza mediante la técnica, el hombre ha llegado a olvidar que él mismo es naturaleza. Así, las grandes corrientes de pensamiento que han triunfado en nuestro tiempo minimizan al ser humano presentándolo como una marioneta cuyos hilos están movidos por la economía o por el instinto, por el  dinero o por las bajas pasiones, que viene a ser lo mismo.

[…]

La tecnología, que debería haber liberado al hombre del mundo de la necesidad, lo ha conducido exactamente al otro extremo, a ser un menesteroso. Mientras buena parte de la humanidad ha pasado de la pobreza a la miseria, el resto, con pocas excepciones, vive rodeada de comodidades; pero eso sí, a crédito e hipotecada, en permanente estado de carencia y, a menudo, insatisfecha. No son las necesidades reales lo que lo esclavizan, sino una cadena infinita de bienes de consumo en gran parte superfluos.»