
Ya hemos visto aquí a Pérez Reverte en más de una ocasión, manifestar una clara desconfianza hacia lo tecnológico y un evidente desprecio al papanatismo que genera. En ambos casos, su actitud no procede de una visión apocalíptica, acomodaticia ni regresiva, sino de una sensibilidad muy marcada ante la deshumanización que provoca el uso irreflexivo, indiscriminado y consumista de lo tecnológico por lo tecnológico. No es fácil encontrar testimonios que van contracorriente de esta marea digital que invade el medioambiente, así que hay que guardarlos como pequeños tesoros.
Es el caso de su artículo de esta semana en el XLSemanal, titulado muy expresivamente «Más cómodo, más rápido, más suicida» Los dos primeros adjetivos del título expresan básicamente que la comodidad, la rapidez, la eficacia son los argumentos inapelables con los que la tecnología se apodera de nuestra existencia. El tercero que la facilidad con la que los asumimos puede conducirnos al desastre.
«“Es más fácil -decía el experto de turno-. Más cómodo”. Explicada así, la cosa suena como un paso más en los avances de la Humanidad hacia el confort y la felicidad. Y claro. Si es más cómodo y fácil, no hay más que hablar. […] Más fácil, ya saben. Más cómodo. Más simpático, también. Más divertido».
Frente a ellos, el autor reivindica la posibilidad de la rebelión, del inconformismo, de la sospecha, del derecho a elegir otro camino.
¿«Qué hay de los carcas tecnológicos que estamos en nuestro derecho a exigir, no que las cosas sean fáciles, cómodas, divertidas o simpáticas, sino seguras y eficaces. Los que todavía somos de piñón fijo»? –se pregunta.
Como el papanatismo tecnológico es global, primero te clasifican como carca apocalíptico y segundo no te dejan alternativa: la asunción de la facilidad por parte de la opinión pública es irrefrenable y generalizada.
«No sólo no te dejan salida, sino que acaban reventándote si la buscas. Si te niegas a tragar.»
Y no sólo está en grave riesgo nuestra intimidad y la protección de nuestros datos, sino también la posibilidad «del fallo inevitable del sistema: el iceberg que cada Titanic tecnológico incluye en sí mismo».
Finalmente cierra con el suicidio: «En realidad, no necesitamos que nos obliguen. Somos tan estúpidamente suicidas que nos metemos solos en el charco. Chof, chof. Nos hacemos cada día más vulnerables, en la imbécil creencia de que siempre habrá a mano un enchufe donde solucionar nuestra vida. Y así, el día en que todo se vaya al carajo nos miraremos unos a otros, asombrados, preguntándonos cómo ha podido ocurrir esto.»
Hasta que ese día llegue, algunos seguiremos intentando advertir que esa posibilidad es real y que no hay otra manera de afrontar la tecnología que la prudencia y la desconfianza ante la aparente promesa de esplendor del celofán del más cómodo, más rápido, más fácil en la que viene envuelta.



Pero es que aunque «más modernas, cómodas y divertidas», cosas buenas en principio todas ellas, las tecnologías de hoy en día son también más adictivas y por ahí se produce el aludido suicidio en forma de «entrega de mi tiempo a los dispositivos». Obvio es decir que mi tiempo es lo mismo que mi vida; y si entrego ésta (en esa entrega sin sentido a la que nos referimos constantemente desde estas páginas)… la pierdo. Me suicido.
Estoy persuadido de que, al igual que «nuestros consumidores» tecnológicos no son conscientes de serlo, como nos recordabas hace poco, mucho menos lo son, por tanto, de estar «suicidándose». Es más: si se les preguntara sobre ello, seguramente lo negarían con bastante convicción… y/o extrañeza ante tal cuestión.
Podemos ya evitarnos perfectamente la discusión sobre si las tecnologías son o no prescindibles: sabemos que no lo son. La administración misma del Estado se comunica por estos medios con sus administrados; la consulta de nuestra economía (y hasta las operaciones bancarias sobre la misma) se ejecuta hoy desde nuestros hogares; la búsqueda personal de información requiere el concurso de los datos obrantes en La Red; etc, etc.
Ante esta realidad, el único «buen uso» de internet deviene del buen uso que hagamos de nuestras personas mismas y no tanto de una formación específica aplicada al «buen uso de las tecnologías». Ese «buen uso» ideal, teórico, que hemos oído sobar como un mantra a tantos y tantos comunicadores y contertulios pero que permanece informulado. Hay decálogos y recetarios muy acertados, cierto es, para ayudar a los usuarios de nuevas tecnologías a enfrentarse adecuadamente a su uso y consumo. Pero insisto: si una persona hace cosas importantes (necesarias, normales) con su tiempo… va a ser más difícil que entregue regalado su tiempo (su vida, recuerden) a las tecnologías. Como decía Pepe, nuestro amado prócer, éstos «usarán las tecnologías, no serán consumidos por ellas».
José Luis
Me gusta ser amado prócer, amigo. Sobre todo porque así evitamos que la palabra ‘procer’ desaparezca por desuso.
Hay mucha verdad en lo que dices y ya se ha puesto aquí muchas veces de manifiesto con diferentes fórmulas: para usar bien educar bien la cabeza, el corazón, fortalecer la familia, las relaciones, las actividades ajenas a la pantalla, etc…
Sí: cada vez está más claro que el buen comportamiento digital nace del buen comportamiento analógico.