«Dios Mío, pensó Mae. Es el paraíso».

 

Así comienza El Círculo de Dave Eggers. Es el deslumbramiento que producen en la protagonista las instalaciones centrales -entre espectacular campus universitario de última generación y alegre y luminoso parque temático- de una multinacional de cibercomunicación situada en algún lugar de la costa oeste norteamericana. Una multinacional –El Círculo– que en solo seis años de existencia domina ya con su buscador el 90% de la distribución mundial de la información, tiene oficinas por todo el planeta, acaba de salir a bolsa con un valor de tres mil millones de dólares y lleva cuatro años seguidos siendo elegida la empresa más admirada del mundo. Una ficción que nos resulta extrañamente familiar.


Ty, su fundador, es una especie de gurú de la cibernética que nada más acabar la universidad, había conseguido una herramienta, TruYou, que unificaba «todas las necesidades y herramientas de todos los usuarios, en un solo recipiente: una sola cuenta, una sola identidad, una sola contraseña y un solo sistema de pago por persona. […] un solo botón para el resto de tu vida en la red. […]Para usar cualquiera de las herramientas del Círculo, que eran las mejores, las más dominantes, ubicuas y gratuitas, tenías que hacerlo como tú mismo, como tu yo real, … Se acabaron las identidades falsas, los robos de identidad, los nombres múltiples de usuarios, las contraseñas, los sistemas de pago complicados. … aunque había páginas que al principio se resistieron y los defensores de una internet libre clamaron por el derecho al anonimato, TruYou se propagó como un maremoto y aplastó toda oposición significativa. … De la noche a la mañana, todos los foros de comentarios se volvieron civilizados y todos los que posteaban se volvieron responsables. Los trolls …  fueron repelidos de vuelta a las tinieblas.»

 

«Por su parte, quienes deseaban o necesitaban rastrear los movimientos de los consumidores en la red habían dado con su Valhalla: ahora los auténticos hábitos de compra de la gente real se podían registrar y calibrar… y el márquetin se podía orientar con precisión quirúrgica»

 

Junto a Ty, creativo, arrollador, pero oculto y esquivo, poco amigo de la fama,  la empresa es realmente gobernada por dos socios: Tom Stenton, el hombre de negocios que era el verdadero artífice de su triunfo comercial y su penetración en el mercado, y Eamon Bailey que era la cara pública de El Círculo, siempre optimista, sonriente y positivo en tertulias, presentaciones y declaraciones ante la prensa.

 

Nada más empezar a trabajar, El Círculo proporciona a Mae todo un equipo nuevo de ordenador, tablet y teléfono de última generación, con su nombre grabado en cada uno de sus aparatos, una contraseña generada por ordenador y toda la información del disco duro del antiguo teléfono y ordenador personal es subida a la nube y a los nuevos aparatos.

 

«Ahora se puede acceder a todo lo que tenías en el teléfono viejo, y en el disco duro desde la tablet y el teléfono nuevo, pero también hay copia de seguridad en la nube y en nuestros servidores. Tu música, tus fotos, tus mensajes y tus datos no se pueden perder jamás.» Y están, a la vez perfectamente controlados.

 

A lo largo de la novela, El Círculo va produciendo novedades tecnológicas que se van presentando primero a los entusiastas “habitantes” del campus y más tarde a una no menos entusiasta y ciberoptimista sociedad. Es el caso, por ejemplo, de un chip que, implantado en los niños, los mantendrá siempre ubicados para protegerles de cualquier posible riesgo.  De entre todas ellas, la estrella va a ser See Change, una web alimentada por una cámara del tamaño de una piruleta capaz de producir vídeo y audio en streaming de una altísima resolución vía satélite, sin cables, con una calidad increíble de imagen y sonido, una batería de litio de dos años de duración y un precio en el mercado al alcance de todo el mundo. La cámara es presentada como una posibilidad de llegar a todas partes y de acceder a toda la información visual del mundo entero sólo compartiendo las imágenes de los usuarios entre sí. Es presentada como una herramienta que dará transparencia infinita a todos los conflictos y una garantía para la paz, la estabilidad y la seguridad.  

 

«Estamos fabricando millones de este modelo y vaticino que dentro de un año tendremos a nuestro alcance un millón de señales de streaming en vivo procedentes de todo el mundo».

 

Las posibilidades son infinitas, pero el tamaño y la operatividad de la cámara, hace concebir a sus creadores la posibilidad de que con ella, se puede conseguir la total transparencia global a partir de la entrega de las privacidades individuales: si cuando nadie nos ve, es cuando perpetramos nuestros peores planes, hagamos que todo el mundo nos vea todo el tiempo. De ese modo, la intimidad, el secreto, lo propio, lo individual se convierten en el peor enemigo relacionado con el ocultamiento, la mentira, y el egoísmo de no querer compartirlo todo con los demás. La sinceridad, la generosidad, la apertura a los demás es la transparencia, la exhibición total.

 

«LOS SECRETOS SON MENTIRAS

COMPARTIR ES QUERER

LA PRIVACIDAD ES UN ROBO»

 

Aparece en pantalla cuando nuestra protagonista se anima a incorporar a su cuerpo una cámara con la que se va a mostrar al mundo a través de internet, ininterrumpidamente, las 24 horas del día.

 

Si los políticos, por ejemplo, llevaran cámaras incorporadas, no habría posibilidad de negociaciones secretas. La democracia sería completamente transparente. En una plaza de cualquier país dictatorial, la presencia de las cámaras evitaría la agresión opresiva de las fuerzas del régimen. Ningún delito quedaría impune porque todos tendrían la posibilidad de ser televisados en directo.

 

Ante el dominio absoluto de El Círculo, frente a empresas y gobiernos, hay algunas iniciativas políticas para intentar frenar ese avance monopolístico que acaban siempre con sospechosas desacreditaciones personales de aquellos que lo pretenden. Mientras,  otros políticos se unen entusiastas a esa idea siendo portadores de la cámara, como Mae, durante toda su jornada, arrastrando en efecto dominó a todos los demás. Aquellos que no lo hacen son inmediatamente acusados de tener algo que ocultar y acaban orillados en el ostracismo. Las cámaras se propagan por el mundo entero en un movimiento de carácter irreversible. El Círculo que se abre con el monopolio de la distribución de información, y el absoluto control de los perfiles de los usuarios, se cierra con el monopolio de la creación de la información a través de la eliminación de intermediarios convirtiendo a todos los usuarios en testigos y haciendo completamente inútil la necesidad de cualquier intermediación ya que ahora ya no harán falta testigos porque todo el mundo podrá ver lo que sucede en cualquier parte. Ya no hace falta siquiera información alguna porque todo es visualización en directo.

 

«No tardarían en encontrarse de nuevo, en un mundo donde todos pudieran conocer a los demás de forma verdadera y completa, sin secretos, sin vergüenza y sin que hiciera falta pedir permiso para ver o para conocer, sin que nadie acaparara su vida de forma egoísta, ni un solo recodo, ni un solo momento de ella» piensa la protagonista en las postrimerías de la novela.

 

De nuevo la promesa de un mundo perfecto, y la amenaza de un mundo voluntaria y felizmente oprimido, en este caso por el deslumbramiento tecnológico. De su planteamiento, lo mejor es la descripción de esa infantil ciberconfianza que despierta la tecnología como eliminadora de nuestras imperfecciones, esas debilidades que constituyen nuestra fragilidad radical y que hacen del mundo un lugar problemático, pero que son lo que nos hace precisamente ser humanos.

 

Lo que estremece es pensar a cuántos lectores contemporáneos les pasará como a la protagonista: que ya no serán capaces de ver en esta novela  lo que es -la descripción  de un divertido y superficial horror- sino que, al contrario, desearán en lo más íntimo que la tecnología nos ofrezca esa posibilidad  de renunciar a nuestra libertad para obtener a cambio un mundo más limpio y más puro, iluminando los rincones más oscuros donde se esconde lo que nos hace verdaderamente humanos.

 

Pero aún queda una última frontera, una distancia que internet no puede todavía salvar, una capa que las cámaras no pueden todavía penetrar, una barrera que la tecnología no puede todavía derribar… Mientras contempla los ojos cerrados de su amiga en coma, «Mae estiró un brazo para tocarle la frente, maravillándose de la distancia que aquella carne interponía entre ellos. ¿Qué estaba pasando dentro de aquella cabeza? Resultaba verdaderamente exasperante, pensó, el no saberlo. Era una afrenta, un robo a ella y al mundo […] ¿Por qué no podían enterarse de eso? El mundo no merecía nada menos y no estaba dispuesta a esperar

 

Como yo no tengo nada que ocultar, no me importa que vigilen lo más recóndito de mi existencia, dicen los ingenuos. Si eliminamos todos los riesgos, si suprimimos todas las fronteras, si hacemos desaparecer todos los secretos, toda la intimidad, todas las zonas oscuras, no quedará sitio para la inseguridad, pero tampoco para nuestra libertad y, por tanto, disfrutaremos de la seguridad aséptica  de la deshumanización y de la tiranía: ese paraíso que periódicamente se plantean todos los visionarios y salvapatrias dictatoriales.

 

Menos mal que aún nos quedará la delgada pero todavía insalvable distancia de la carne.

 

Referencias:

Dave Eggers, El Círculo, Random House, Barcelona, 2014