Muchas veces he dicho que habría que premiar a XLSemanal por su continuada atención a lo tecnológico y habitualmente con un sano sentido crítico. En esta ocasión, no.  Carlos Manuel Sánchez escribe un reportaje sobre la educación –portada, además, del semanario– con el que, una vez leído, uno  no sabe si reír porque está escrito desde la ironía y todo es una gran broma o llorar si la cosa va en serio y de verdad estamos intentando hablar de educación.

Desde la portada,

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todo el reportaje está trufado de rabioso ciberoptimismo educativo en estado puro, una concentración de tópicos del solucionismo tecnológico aplicados a la educación. Ahí tenemos a un alumno de 2030 –«un mutante, un posmillennial, nacido con un Smartphone debajo del brazo, un ‘iNiñ@’» – en “clase de matemáticas” sin hacer nada más que asomarse a unas gafas de realidad virtual. El chavalín, desde Infantil, controla sus constantes vitales y mediciones biométricas -pulso, sudor, expresión de los músculos faciales…-  a través de un reloj inteligente o una diadema cerebral o unas cámaras para leer su retina ocular, todo para saber si asimila o no, si está agotado, nervioso o concentrado o peleando, (aunque no creo que en ese futuro sea posible que nadie se pelee, eso sería una imperfección imperdonable del solucionismo tecnológico). De mayor lleva una cámara prendida en la solapa que hace fotos cada 30 segundos para evitar el bulling y de paso, para archivar toda su vida personal… Palabra de honor que todo esto lo dice el reportaje. Literal. Vean « Nuestro alumno tiene nociones de programación en código abierto a nivel de usuario con Arduino y Scratch, e incluso ha aprendido a generar códigos QR, .[…] ha buscado información sobre la arquitectura de la Alhambra y las costumbres en la época nazarí. […] ha recopilado lo más interesante sobre las matemáticas de los árabes, la astronomía, el uso del agua, la historia y todo lo que ha despertado su curiosidad. Ha actualizado el día a día del proyecto en un videoblog. Ha buscado planos para confeccionar la maqueta y los ha calcado en papel continuo sobre una pizarra táctil. […] Ha grabado y editado una presentación final de vídeo. […] Lo lleva haciendo desde muy pequeño y es lo que le prepara para la vida. No memoriza conocimientos; los asimila, los asocia, los usa y los recicla». Solo le falta decir “Y los vomita deshaciéndose de ellos”. Un alumno extraordinario ¿no? Ideal. Y según dice el texto vienen así «de fábrica». Un Ialumn@. Yo también quiero uno así, por favor. Pero el profe, también es extraordinario, «un orientador, un amigo de confianza que contagia curiosidad, filtra lo útil y selecciona fuentes fiables con espíritu crítico». Un mirlo blanco, en fin. Es el futuro. Y todo gracias a la tecnología que, como se sabe, mejora a las personas solo por estar en contacto con ella.

¿Y las instalaciones? Ya se imaginan: una especie de loft tipo Google de colores parchis con luz natural, alfombras, cojines, aulas abiertas, hilo musical y pantallas, muchas pantallas por todas partes. Una gozada.

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Por supuesto, esta visión idílico-tecnológica se contrapone en cuatro trazos con la «escuela prisión» (Richard Gerver) -la nuestra, claro-, donde todas las aulas son parecidas, con parecido mobiliario y patios parecidos; ‘inquilinos’ con uniformes, tareas rutinarias y previsibles, profesores gruñones y desmotivantes que pasan más tiempo vigilando que enseñando…,  aulas, pupitres, exámenes, incluso deberes -¡qué atraso, qué horror!-… un modelo de escuela en blanco y negro, triste, aburrida, ineficaz, obsoleta para esta «revolución de la inteligencia» (¿?). Otra broma.

Y para completar el pastel tecnoutópico, una entrevista a Stephen Heppell, un «experto» un asesor, un «gurú de los  nuevos entornos de enseñanza» que dice cosas -también ¿llenas de sentido común e inteligencia?- y además cobra por ello: los niños deben salir del colegio siempre contentos (¡ole, ole!); los móviles, lejos de distraer son una tecnología activa que le encanta y a la que los profesores -los de ahora, claro- tenemos miedo (¿?) y muy útil, por ejemplo para hacerle una foto a la pizarra y no tomar apuntes; para saber cómo será la escuela del futuro hay que preguntarle a los chavales -que, como todo el mundo sabe, son los que saben-; la escuela es sobre todo para preparar a los alumnos para lo inesperado (¿?) con sorpresas continuas, nada de todos los días la misma rutina del pupitre, el horario, los exámenes, etc.; el tener un horario fijo para el recreo es absurdo: no todos tienen hambre a la misma hora (sic); los pupitres están diseñados para que sufran, las sillas también, los colegios las compran porque son fáciles de apilar; enseñanza cooperativa y en grupo, por supuesto, nada de individualidad; los deberes son inútiles; las aulas no están pensadas sino para controlar; el dióxido de carbono acumulado en el aula es nefasto para el aprendizaje por eso habrá que hacer clases abiertas, más grandes, con cien alumnos –que no respiren supongo–; hay que volver al viejo principio del aula rural con alumnos de todas las edades juntos; la edad no importa: ¿qué es eso de distribuir a los niños por edades?, el sistema de hoy es estúpido, decimonónico y retrasa el aprendizaje: ¿es que la familia, el club deportivo o el grupo de teatro se organiza por edades? se pregunta… Y le pagan -insisto- por decir cosas como estas.

Lo curioso es que en todo el reportaje -entre tanta pantalla, moqueta y gadget tecnológico, entre tanta técnica y colorín- no se habla para nada de personas, de imprevisibilidad, de comunicación, de conocimiento, de pensamiento crítico, de esfuerzo y superación, de concentración, de resistencia a la frustración, de buenos hábitos intelectuales y cívicos, de libertad, de dificultades y de empeños, de familias estables y desestructuradas, de carencias, de crecimiento personal académico y afectivo, de solidaridad…; de leer, escribir, pensar, hablar…; es decir, de educación.

La escuela es sobre todo, adquisición, dominio y ensanchamiento del lenguaje -es decir, del pensamiento- y del corazón -esto es, de la convivencia, de los afectos, de los sentimientos-. De la palabra como vehículo de comunicación exclusivamente humana cuya posesión nos hace crecer en lo que somos mirándonos a los ojos cara a cara. De los afectos y emociones que nacen del contacto personal físico, imperfecto, sí, pero por eso profundamente humano y no cibernético.

 ¿Con qué gafas virtuales enseñamos todo eso? ¿Con qué pantalla?

Referencias:

Reportaje de XLSemanal La escuela de 2030

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