He aquí un repertorio de nombres en el que el nombrar supone de verdad desvelar con extraordinaria eficacia una de las facetas más esenciales de la televisión y, en cierto modo, también descubre la razón primordial de su éxito: qué buscamos y encontramos en ella los usuarios y, a la vez, por qué, lo inmediatamente encontrado nos defrauda.

Nos sentamos ante el televisor en una rutina cotidiana que saborea el placer del abandono, la relajación y la evasión ante lo que no nos pide nada y nos ofrece todo. Tras su consumo, en lo profundo de una conciencia anestesiada y por eso satisfecha, queda un dejá vu de una frustración repetida porque en el fondo sabemos que le hemos dado mucho ―biotiempo― y no nos ha entregado casi nada.

Es la golosina visual de Ramonet (Debate, 2000) un medio chuchería que no nutre, pero te deja sin apetito para comer de verdad. Un gustar que te impide el acceso al auténtico disfrute de los sabores en el que el acto de mirar es más fuerte que el de ver.

Es el botellón electrónico del pediatra Alberto Berceda, en un viejo artículo del que no guardo referencia. Un nombre bien expresivo del carácter evasivo, esencialmente fácil e indiferenciado, enemigo de cualquier esfuerzo intelectual o físico que tiene la televisión. Botellón del que bebemos imágenes y sonidos líquidos que no terminan nunca de saciar nuestra sed. Imágenes y sonidos que reproducen las vidas de los otros impidiéndonos vivir las nuestras. Botellón que se comparte en la soledad del grupo de individuos aislados. Narcótico electrónico que nos adormece y consuela.

Pero, entre todos, el nombre de los nombres es uno citado por Lorenzo Díaz en su libro y que firma el poeta Joan Brossa y en el que, en su brillante metáfora, consigue encerrar por síntesis a todos los demás. La tele es —dice— el chicle de los ojos.

El chicle de los ojos con el que la delicada maravilla de la mirada humana se convierte en un acto reflejo, hipnótico y adictivo en el que trituramos lo que vemos mientras matamos el rato y pasamos el tiempo. Así se nos queda la cara a algunos cuando llevamos mascando imágenes un rato como si fueran sueños de goma, con esa mirada ausente e inexpresiva de un rumiante que mastica la nada.

Usen la televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.