


«Aquellos que son escépticos acerca del lenguaje y los presupuestos del gran dios de la tecnología, aquellos que están dispuestos a tomar el nombre de la tecnología en vano, han sido condenados como reaccionarios, renegados», neoluditas y apocalípticos. (Qué nos van a contar a nosotros que no sepamos…)
Sin embargo, a pesar de las promesas y la eficacia del dios tecnológico, «sabemos, y cada día recibimos confirmación de esa verdad, que es un dios falso. Es un dios que nos habla de poder, no de límites; nos habla de propiedad, no de solidaridad; nos habla sólo de derechos, no de responsabilidades; nos habla de autobombo, no de humildad.»
«El dios-tecnología esclaviza y no da respuestas profundas» y cada día somos más escépticos ante su bondad porque de hecho nos está dejando «sin ningún telar con el que tejer nuestras vidas.» Un telar, una narrativa, un relato que —como dijo en una ocasión Vaclav Havel— «nos ayudara “a ser personas con un sentido elemental de justicia, que nos dotara de la capacidad de ver las cosas como las ven los otros, que nos diera un sentido de responsabilidad trascendente, sabiduría arquetípica, buen gusto, valor, compasión y fe”.»
«¿Dónde vamos a encontrar una historia así? La respuesta, creo yo, es que donde siempre hemos encontrado nuevos relatos: en los más antiguos que hemos venido contando. […] En occidente somos herederos de dos relatos extraordinarios y diferentes. El más antiguo, desde luego, es el que empieza diciendo: “En el principio, era Dios…” y el más nuevo es el relato del mundo que ha contado la ciencia y la razón. Uno es el relato del Génesis, de Job, de Marcos y de Pablo. El otro la historia de Euclides y de Galileo, de Newton y de Darwin. Ambos son extraordinarios y conmovedores relatos del universo y de la lucha del ser humano dentro de él. Ambos hablan de error y fragilidad humanos y de límites. Ambos pueden ser contados de tal manera que invoquen nuestro sentido de la solidaridad y la responsabilidad. Ambos contienen la semilla de una narrativa más esperanzadora y coherente que la historia contada por la tecnología.»
(publicado en 1997 en la revista First Things: Science and the Story that We Need. Lo he traducido y guardado en la página Pensar los medios del Blog con el título La Ciencia y El Relato que Necesitamos para el que lo quiera leer entero)



dios falso que no habla de solidaridad ¿ quién me iba a decir que acabariás utilizando esa palabra? Por cierto ¿Qué papel juega Job en la sociedad actual? Me gustaría que hablaras, escribieras un día algo de ese personaje
Eres la caña, caña. Me temo que Job no cuadre bien con la inmediatez y la recompensa fácil que proporcionan las nuevas tecnologías, así que…
¿Tal vez la caa se refiera a Job Steven?
José Luis
la caa, no; la caña, sí.
¡Vaya! esto me pasa por contestar al comentarista ante de haberleído la entrada. Es claro que se trata del Job bíblico. No he dicho nada.
José Luis
Ciencia y Fe se complementan de manera perfecta, no son antogonistas, una se maneja con la razón empírica y la otra con la razón ontológica. Es muy probable que sus caminos no sean paralelos sino convergentes. Un día.
Pero son dos relatos que cumplen necesidades del ser humano distintas. El conocimiento científico es subordinado y no puede alcanzar ni reemplazar al ontológico. El primero viene «ordenado» por la entrega al hombre de la Naturaleza para que de ella se sirva en su subsistencia «dominándola» progresivamente. El segundo es dado para comprender nuestra condición de naturaleza «compartida» con el Creador y así orientarnos a su perfección.
«Ambos (relatos) contienen la semilla de una narrativa más esperanzadora y coherente que la historia contada por la tecnología». Cogiendo el rábano por las hojas, señalar que «esperanzadora» viene de «esperanza» y esta, a más de ser un estado de ánimo o una actitud, es también y sobre todo una de las tres virtudes teologales que operan en nuestras almas a fin de que podamos «andar el camino» hacia el origen primigenio: el Amor. Amando.
José Luis
Todo un tratado, amigo.
Sin embargo, es hermoso ver ese hermanamiento que hace Postman de dos relatos que en el mundo moderno suelen aparecer como antagónicos. Su gran acierto es ver, como dices tú, que son dos narraciones de la misma historia que algún día acabarán convergiendo.