Montse Doval, a la que tenemos enganchada en el blog como Medioambiente Periodístico en la Red: Internetpolítica, escribe un artículo en Aceprensa que contiene algunas ideas interesantes para seguir reflexionando y comprendiendo el complejo mundo tecnológico que constituye nuestro medioambiente simbólico.
Antes de glosar un libro de Matthew Crawford –The world beyond your head: How to Flourish in an Age of Distraction (El mundo más allá de tu cabeza: cómo crecer en la Era de la Distracción)- Montse insiste en la idea tantas veces expuesta aquí de que hoy la atención es un valor tan escaso que su cultivo se ha ha monetizado: campamentos sin tecnología para recuperar la capacidad de asombro ante la realidad; curas de reposo tecnológico para reponer la paz interior sin distracciones; colegios de papel y tiza para los hijos de Sillicon Valley; publicidad en medios basada no en los clics sino en los tiempos de exposición de las webs, que desde que se pueden medir exactamente se ha comprobado que son escasísimos; el cambio de Facebook para premiar las raras historias a las que se dedica más tiempo, en vez de más ‘me gustas’…etc. Se dice que con la red se lee más que nunca, pero la realidad es que muy pocos terminan de leer lo que empiezan en cuanto tiene cierta extensión. Los que escribimos blogs -aunque en este, ya se ve, no nos importa demasiado- ya sabemos que si la entrada ocupa más de 500 palabras, o lo que es peor, más de 140 caracteres, corremos el riesgo de que el público lector se reduzca drásticamente hasta desaparecer y que la mejor forma de captar la atención es por supuesto la utilización de vídeos e imágenes. Si en un momento determinado el tiempo fue oro, hoy la atención se ha convertido en diamante.
Es obvio que la tecnología digital ha colaborado a este estado de cosas tal y como hemos explicado aquí en cientos de entradas, pero el punto de vista de Crawford, tanto en el libro citado como en otros escritos más breves, va un poco más allá de lo tecnológico para explicar la crisis de atención contemporánea con una cierta perspectiva histórica. No es sólo, dice, un problema provocado por las armas tecnológicas de distracción masiva sino que es una crisis enraizada mucho más atrás en los albores de la Ilustración e incluso en los principios del mismo racionalismo cartesiano.

Mathew B. Crawford
Los ilustrados, en su lucha por acabar con la dependencia política del absolutismo, concibieron la autonomía como un bien por el que el individuo logra gobernarse a sí mismo frente a la imposición de poderes exteriores supuestamente superiores; y a dicho bien opusieron la heteronomía, es decir, el mal de ser gobernado por algo ajeno a uno mismo. Desde ese comienzo basado en la bondad de la autonomía y en la desconfianza de cualquier autoridad exterior, se pasó después a través de Locke siguiendo los pasos de Descartes, luego Kant, Taylor, De Vico y otros pensadores modernos a la total desvinculación de la realidad y nuestra capacidad de conocerla. El deseo de autonomía del individuo extendió la sospecha de heteronomía a la propia realidad que se imponía como una autoridad ajena a la subjetividad personal. Es decir, el hecho de considerar negativa cualquier influencia externa nos ha hecho llegar al extremo de considerar sospechosa la misma presencia de la realidad que se nos impone con su pesada tozudez.
De ahí se derivan no sólo el individualismo, el escepticismo, y el relativismo actuales, sino también, curiosamente, la crisis de la atención. Necesitamos de la atención para fijarla en el conocimiento de la realidad, pero si la realidad ya no merece nuestra atención porque lo importante no es lo objetivo, sino lo subjetivo creado dentro de nosotros mismos, la atención deja de tener sentido porque no tiene ningún trabajo que hacer. No necesitamos conocer la realidad, sino construir una representación mental de ella para lo cual no necesitamos estar atentos, solo ensimismados. Ni siquiera necesitamos tener cuerpo –que es nuestro instrumento esencial para conocer y comunicarnos– porque este desaparece en la realidad virtual.
Y es en ese magma cultural donde han fraguado estupendamente bien las tecnologías de la comunicación que, bajo el disfraz de la conexión permanente, potencian por sus características esta tendencia cultural ya que nos ofrecen la posibilidad de construir un menú personalizado de nosotros mismos frente a los demás, nos aíslan de la realidad focalizando nuestra atención en los dispositivos y en nosotros mismos, nos distraen de cualquier objeto a analizar o a conocer,… en un espacio público lleno de reclamos publicitarios, de horas de televisión, de imágenes, de llamadas de WhatsApp, de tonos telefónicos, de e-mails, de número de visitas, de ‘me gustas’, de hiperenlaces que compiten por nuestra atención, que nos enganchan, impidiéndonos tanto tener una idea cabal del mundo como la posibilidad de compartirlo con los demás.

La atención, hoy desvalorizada pero a la vez escasa, se convierte paradójicamente en oro, y mientras las empresas compiten por ocupar la de los usuarios, estos tienen que pagar si quieren recuperarla. Crawford pone un ejemplo personal de cómo en la sala VIP del aeropuerto Charles De Gaulle, no hay ni ruido acústico ni visual y el pasajero una vez traspasa la cristalera queda protegido de esa persecución que abruma a la clase turista y casi llega a sentir un placer físico al experimentar el silencio y la tranquilidad garantizados por la protección del billete de pago. Puede, dice Crawford, que precisamente el silencio de esas salas VIP sea la condición para que dirigentes económicos puedan concentrarse y pensar en cómo colonizar más y mejor los cerebros de las personas de clase turista a los que contemplan como un mero recurso para enriquecer sus empresas en una especie de nuevo capitalismo salvaje de la atención.
Por eso, Crawford insiste en que es necesario revisar profundamente esa concepción de autonomía y heteronomía que pudo servir para legitimar un necesario cambio político, pero que fuera de ese ámbito y fuera de aquel momento histórico es profundamente falsa y nociva porque desvaloriza tanto la imprescindible presencia de la realidad y sus condicionamientos como la atención que nos capacita para conocerla y criticarla, dejándonos a la vez indefensos frente al poder de la manipulación de los depredadores que usan los mecanismos de la psicología humana para apoderarse de nuestra atención y generar beneficios.
Necesitamos de la autoridad de la realidad para tener una idea cabal de ella para afrontarla. Y para conquistarla, son imprescindibles la atención, la concentración y el silencio, tanto auditivo como mental. «Consumimos gran cantidad de silencio en el transcurso del proceso educativo» Dice Crawford. Y hace una comparación que enlaza perfectamente con la perspectiva de nuestro blog: «Si el aire limpio nos posibilita respirar, el silencio nos permite pensar» y hoy ese aire del pensamiento, ese medioambiente simbólico está muy contaminado por todo tipo de ruidos.
Si protegemos el medioambiente físico, protejamos también el medioambiente simbólico, viene a decir. Si vemos en la contaminación un peligro para la salud de la tierra y la nuestra y hemos llegado a considerar como un patrimonio común el cuidado del planeta, veamos también la necesidad de proteger el rico patrimonio del medioambiente simbólico y cultural de los residuos y contaminantes que lo amenazan: el ruido, la distracción, la atracción permanente de la realidad virtual. Reconocemos la importancia y la fragilidad del aire y el agua limpios y por eso los protegemos, pero no acabamos de ver la importancia de la atención, el silencio, la concentración y el pensamiento como recursos escasos y frágiles también necesitados de protección porque son los constituyentes del medioambiente simbólico imprescindible para ser plenamente lo que somos: personas.
Referencias
Montse Doval: Medioambiente periodístico en la red: internetpolítica
Matthew Crawford, «How We Lost Our Attention,»The Hedgehog Review, Vol. 16, No. 2 (Summer 2014)
Facebook cambió su algoritmo para premiar el tiempo en lugar de los me gustas.
El Financial Times está probando un método para monetizar la publicidad según la atención prestada



Confieso que este post me tiene subyugado. He preparado durante días un comentario que fuera, pretendidamente, de similar hondura… sin haberlo concluido a pleno gusto. La controversia «autonomía-heteronomía» que plantea Crawford (no sé si originalmente o refundiendo análisis previos) me resulta irresistiblemente atractiva. Su punto de vista es feliz. Su aplicación al análisis del fenómeno del que versa es real y posible. En fin, después de un viaje por autores contemporáneos de la Ilustración, y de otros que fueran pre y post la misma, no encontré qué más podía aportar para aclarar lo dicho por Crawford. Tal vez por ello, remití a mis hijos el citado post en espera de algún posible comentario. Y el que me ha llegado de mi hijo mayor, casado, con dos hijos (Antonia de seis años y Roberto (Toto) de poco más de dos), residente en Chile, profesor del colegio Terraustral que sigue la pedagogía Montessori, me parece el comentario adecuado. Me cuenta que habían ido a pasar unas horas de la tarde su esposa y él, con sus dos hijos, su cuñada y la hija de ésta, María Elena (Malen, de cuatro años) a una pequeña playita, prácticamente intacta, del Pacífico. Esta fue su contestación:
«En efecto, el silencio está hoy en día escaseando y para conseguirlo, cada vez más, hay que pagar… pensaba en Antonia que va a un colegio de pago (aunque estoy de acuerdo en la metodología Montessori, no me acaba de gustar que sea un colegio privado, particular, o de pago) y pensaba que lo más importante que nos asegura pagar mes a mes la cuota es que precisamente, su medioamibnet simbólico está libre de mucha contaminación, y eso le permite ser niña, desarrollar su mente su espíritu y su cuerpo, y formarse una imagen de la realidad que sea real. (La redundancia hoy en día está más que justificada).
Un ejemplo: encontramos un pequeño pulpo en la playa y mientras Antonia y Toto lo tocaban y observaban, su prima, más tecnológica (a pesar de tener cuatro años), sólo mostró aprensión y desagrado, a pesar de no mirarlo ni acercarse más de cinco metros. Lloraba incluso porque pusimos el pulpito (que cambiaba de color y era adorable) en su pozal de color rosa».
Y esta fue la mía:
«Muy interesante la anécdota del pulpito, hijo». Ciertamente, la realidad personal se conforma de muchas cosas; una de ellas, fundamental, es la proyección de uno mismo a través de su fantasía. Si uno «atiende» al ser que tiene delante (el pulpito), obtiene de él «imputs» de conocimiento (sensibles, emocionales, morfológicos, espirituales, etc) mientras que quien no quiere o no sabe «atenderlo» se queda sin «imput» alguno. Su «realidad» queda un poco más vaciada con cada nuevo rechazo y, andando el tiempo, como nadie puede vivir sin «una» realidad interna, acaban tomando prestada, como si fuera tal, como si fuera propia, la realidad simbólica o virtual (prejuicial, tecnificada, «correcta», paradigmática, etc,…) operante en la sociedad como «mayoritaria». Puede que se hagan con una vida confortable, pero el precio de no ser uno mismo, de su renuncia a «hacerse a sí mismos», resulta inasumible. No hace mucho, tal vez en nuestro mismo blog, leí que la «atención» comporta o supone una primera forma de amor. Dicho más fácil: que al atender a algo lo empezamos a amar o que no se puede amar lo que no es primero atendido. En este sentido, si en tu colegio alentáis la atención de los niños a su entorno y a su espíritu, les estáis procurando la mejor educación que cabe concebir: «descubrirse a sí mismos para poder, poco a poco, construirse ellos mismos». Enhorabuena y a seguir (que no será siempre fácil, ya lo sé)».
José Luis
Gracias a todos: padre, hijo, Antonia, Toto y Malén. Una delicia.
Pepe: ¡qué buen comentario sobre el libro de Crawford! Muchas gracias por la mención, me ha encantado leerte.
El placer es mío. Como dice Herrera: «Te sigo mucho». Gracias por pasar por aquí.