Por un lado, la visibilidad de su soporte, el televisor. No es asunto menor. No se trata sólo de un problema decorativo —de todos es sabido que el mejor televisor para un salón como es debido es el que no existe— sino que su presencia — hoy múltiple— es señal de su poderío y su penetración.
Otra característica es el magnetismo hipnótico de la pantalla. «Trate de pasar –dice el articulista– al lado de un televisor o un monitor de ordenador encendido sin echarle una ojeada. La mayoría de la gente no puede». Hace después una comparación, que también hemos hecho aquí muchas veces, de la pantalla con el fuego: « La pantalla digital es, quizás, el equivalente moderno de la fogata nómada o de la chimenea victoriana, El problema es que mientras sus precursoras animaban un círculo social a su alrededor, los monitores de hoy no lo hacen». ¿O sí? ¿Quizá una red social hoy sea el equivalente a un fuego de campamento múltiple en el que millones de personas se sientan a conversar?. En cualquier caso sería un fuego de campamento paradójicamente frío y solitario.
Por último, su disponibilidad, la facilidad de acceso mediante el mando a distancia que cambió en su momento la relación del usuario con el medio, aumentando exponencialmente su falta de control. Podría decirse que con el mando el que acabó mandando fue, sobre todo, el medio.
El caso es que al autor del artículo se le ocurrió que tapar la tele podría producir cierto efecto y descubrió primero que a su mujer no le disgustó el resultado estético. Pero, además sacó las siguientes conclusiones mucho más interesantes para nosotros. Primero, la ausencia visual del televisor, lo relega más fácilmente a un segundo plano. Segundo, el tenerlo que destapar supone un pequeño esfuerzo que aumenta el control humano sobre él: cada vez que tengo que destaparlo siento que he hecho una elección consciente que me aparta del impulso pauloviano ante el estímulo del brillo del LCD.




Pues es cierto; un pequeño pero interesantísimo gesto.
La primera tele que hubo en casa era una Iberia que venía con una funda roja, como de gamuza, con el anagrama de la marca estampada en el centro. La «normalidad» consistía en que la tele estuviera enfundada, para quitarle la funda y encnederla….. había que pedir permiso a los padres.
Un abrazo
Jósé Luis
o tempora o mores, amigo