El martes, me invitaron a participar en una mesa redonda titulada “El papel de la familia para un consumo responsable en tiempo de crisis” en el marco de una Jornada sobre Consumo Familiar y Sobreendeudamiento organizada por la Dirección General de Consumo y Dirección General de Familia del Gobierno de Aragón.
Os transcribo parte de mi intervención. Tenéis el texto completo aquí.
«Ahí fuera, mientras escribo, llueve. Mientras en el medioambiente atmosférico se suceden esos maravillosos cambios de temperatura, de luz, de color,  en el medioambiente simbólico no hay estaciones. Porque en la vida simbólica del hombre occidental contemporáneo y urbano, no es la traslación de la tierra alrededor del sol la que marca el paso del tiempo, imponiendo los diferentes cambios rituales en nuestra vida cotidiana. Es… el consumo.
El consumo lo fagocita todo: también las estaciones. Nos dicen que el cambio climático es una cuestión de meteorología. Nosotros lo venimos diciendo desde hace años: el verdadero cambio climático se está dando, se ha dado ya, en el medioambiente simbólico. Y lo que está en juego no es la supervivencia de la biodiversidad y el medio natural, sino la pervivencia de la  naturaleza de la especie que, además de biológica es, sobre todo, cultural.
El 21 de octubre —anoté la fecha— pasé por el súperen compra de avituallamiento. Y allí, entre envases y plásticos, ya era navidad, cava, polvorones y turrón. No es ya que podamos comer  lo que nos dé la gana independientemente de la estación; es que la maquinaria del consumo está acabando de dividir el año en dos únicas épocas estacionales con la misma climatología consumista: el invierno es la estación del consumo navideño, el verano la estación de las rebajas, no es primavera hasta que Ya es primavera en donde ustedes saben y el otoño lo pasamos entre Semanas Fantásticas y Días de oro. Copérnico y Galileo estaban equivocados: no es la tierra la que gira alrededor del sol, sino todos nosotros alrededor de El Corte Inglés.
Hoy vivimos, nos movemos y somos en la era del consumo. Hoy todo es economía, todo es consumo. Todo se cuantifica, se hace número, se hace dinero.
Las ciudades, los pueblos, las comarcas, los parques naturales, se llenan de iniciativas para  ponerlos en valor ­–económico, claro–.
Los turistas no descansan ni viajan,  sino que son productores trabajando para el consumo de los lugares que visitan.
Los espectadores no somos los destinatarios del entretenimiento, la cultura y la información, sino la audiencia que trabaja para entregar nuestro tiempo que la cadena transformará en dinero vendiéndolo a  los anunciantes.
Las noticias se consumen entre la publicidad de los  telediarios, que se espectacularizan  para ganar la carrera de las audiencias.
El cuarto poder es hoy una gran empresa y los lectores somos parte de una tirada anónima que hay que luchar por mantener en la selva del mercado publicitario.
Los medios no son los intermediarios que nos explican la realidad, sino nuevos y potentes altavoces publicitarios.
Leer es consumir cuando se planifican best sellers de diseño con cuidadosísimas campañas que buscan millones de lectores para luego hacer una película y vender luego el merchandisingque genera.
El sexo se consume como reclamo para incitarnos al consumo.
El concepto de éxito social se basa en el acceso a productos exclusivos de consumo…
Nos movemos de la televisión, donde nos dicen lo que consumir, a las grandes superficies donde el consumo se hace ocio. Meterse en el luminoso universo del gran centro comercial es como sumergirse en un plató de televisión en el que las protagonistas son las cosas que podemos comprar. El otro día oí en la radio llamar a Puerto Venecia –una nueva zona de Grandes Almacenes de Zaragoza– el mayor resort de consumo de Europa. Relájate, escápate, diviértete consumiendo. Un gran parque temático en el que la vida ficticia de las pantallas se confunde con la ficción vital de la oferta de ocio.
El consumo legitima la política (si quieres perder unas elecciones promete bajar los niveles de consumo), la política se convierte en economía y los ciudadanos en consumidores. El discurso político se banaliza convirtiéndose en espectáculo de masas en el que tiene más peso la imagen que se vende –es decir, se consume– que el contenido de las ideas. La polis se ha convertido en una enorme tienda y la política ha devenido en política pop para el consumo de masas.
La economía no es la ciencia del reparto equitativo sino una vorágine del crecimiento. Crecer es sinónimo de consumir más para producir más.
Los parados no son un drama porque los que lo sufren sean personas, sino sobre todo porque son no-consumidores.
Todos los rituales sociales o religiosos (Navidad, bodas, bautizos…) están mediatizados por el consumo. Hasta la misma muerte con sus variedades de ataúdes y flores…
Hoy todo es consumo y los ciudadanos nos hemos travestido en consumidores.
Pero detrás de todo consumidor hay una persona y su libertad. Y convertir a la persona en consumidor es peligroso porque se la instrumentaliza, se la convierte en objeto de producción y de consumo: se la convierte en prosumidor.»