Juan Manuel de Prada en un artículo titulado Tecnología y elección moral me anima a volver sobre el tema tema de la debilidad que se apuntaba en el post de ayer.

Se dice habitualmente que las tecnologías no son buenas o malas sino que su bondad o maldad depende fundamentalmente del uso que se haga de ellas. Sin embargo, siendo esto cierto ―somos los usuarios los únicos que podemos construir o destruir al usarlas―, es sólo una media verdad. Porque cada tecnología incluso antes de ser usada lleva incorporada una determinada ideología que tiende a materializarse cuando se utiliza. Cada vez que el hombre incorpora una tecnología nueva a su vida cotidiana, esta cambia en una determinada dirección marcada por la lógica interna que dicha tecnología lleva dentro de sí en su propia naturaleza. Es el masaje al que se refería McLuchan.

Veamos, por ejemplo, cómo dos de los rasgos más útiles y aparentemente inocuos de las nuevas tecnologías, la simplificación y la disponibilidad, conllevan en sí mismas una cierta transformación de nuestra conciencia moral.

Juan Manuel de Prada nos pone el ejemplo del pornógrafo que para satisfacer sus apetitos tenía antes que afrontar los riesgos de verse involucrado en sórdidos trapicheos clandestinos o simplemente verse señalado y descubierto ante los ojos del quiosquero del barrio. La tecnología neutraliza ese riesgo y simplifica los conflictos de conciencia que comporta en el anonimato de su habitación y con un simple click de su ratón. Naturalmente eso hace que cualquier usuario de la Red, de cualquier edad y condición, «se sienta tentado a bucear en cualquier sentina pornográfica virtual por curiosidad malsana, por aburrimiento o por mera disposición lúdica».

Cuando una tecnología introduce la calle y el mundo en el hasta ahora reducto de lo familiar y lo privado convirtiendo nuestra sala de estar o nuestro dormitorio en un mercado o en un cine, en un quiosco o en una plaza pública, simplifica el acto de consumo y aumenta la disponibilidad de los productos haciéndolos fácilmente accesibles. Y todo el mundo sabe ―es una conocida ley del marketing­― que la mejora de la disponibilidad aumenta automáticamente el consumo. Nos hace más felices al facilitarnos una tarea, pero también más vulnerables e indefensos ante decisiones que hasta hace poco para convertirse en acto exigían el desplazamiento previo, la búsqueda, la comparación y la selección.

Cuando una tecnología reduce un acto con implicaciones morales a la simple pulsión de una tecla reduce también a un instante el espacio y el tiempo que tiene la voluntad para actuar y la decisión moral de ese acto se pulveriza en la resolución de una simple pulsión: se simplifica el acto, pero también se simplifica hasta casi desaparecer la decisión moral que le precede.

Ambas, disponibilidad y simplificación, son caracteres que forman parte de la naturaleza de tecnologías digitales como la televisión, el ordenador, el mando a distancia, el teléfono móvil o las máquinas fotográficas. Digitales no porque estén basadas en dígitos binarios, sino porque se manejan con el simple, rápido, cómodo e irreflexivo gesto de un solo dedo. ¿Qué es lo que hace que las audiencias de televisión sean millonarias, que las horas de navegación por la red, sean interminables, que el ocio audiovisual desplace a cualquier otra alternativa, que el consumo pornográfico en Internet aumente exponencialmente…? Puede que haya razones más profundas y más complejas, pero la fundamental es también la más simple: el esfuerzo sobrehumano de oponer nuestra debilidad a la sencillez y disponibilidad de un simple clik.

Usen las pantallas, domínenlas, no las consuman o serán consumidos por ellas.