Tanto Dans, como Orihuela, como la autora son defensores a ultranza de la red y las nuevas tecnologías, sin paliativos. Los tres ven en ellas el amanecer de un nuevo día para el género humano. Por eso tienen tanto valor las opiniones y datos que ponen en cuestión de manera estremecedora la seguridad de la red.
Del prólogo de Jose Luis Orihuela este parrafillo muy parecido al de ayer de Dans: «Las mayores amenazas a la libertad en la red provienen de los gobiernos (totalitarios, autoritarios y también democráticos) que se afanan por controlarla sin transparencia bajo la excusa de la seguridad o a instancias de los grupos de presión y de las empresas de tecnología que brindan plataformas y servicios en unas condiciones que habitualmente aceptamos sin conocer en profundidad hasta qué punto afectan a nuestros derechos y condicionan nuestras libertades».
Tela.
Y ya con la autora, vamos seleccionando algunas afirmaciones.
«En una era de banda ancha y teléfonos inteligentes, los agentes de seguridad del Estado ya no dependen tanto de informadores humanos. No sólo son programas informáticos más eficientes y omniscientes que los humanos, sino que, convenientemente, no tienen conciencia.» De verdad que no es un libro apocalíptico y sin embargo, está espigado de datos y aseveraciones que ponen los pelos de punta, como esta. O estas otras:
«Hay buenas razones para preocuparse sobre la forma en que nuestras vidas digitales están siendo moldeadas por reguladores, políticos que sirven a poderosos electores y empresas que buscan maximizar sus beneficios.»
«En el mundo físico, los mecanismos de la política democrática y la ley constitucional han conseguido, no perfectamente, pero sí mucho mejor que cualquiera de las alternativas, proteger los derechos de los ciudadanos. Pero estos mecanismos ya no son adecuados para personas cuyas vidas físicas ahora dependen de lo que pueden o no pueden hacer (y de lo que los demás pueden hacerles) en los nuevos espacios digitales. […] La realidad es que las corporaciones y los gobiernos que crean, operan y gobiernan el ciberespacio no tienen que rendir cuentas a nadie por su ejercicio de poder sobre las vidas e identidades de las personas que usan las redes digitales. Son soberanos que operan sin el consentimiento de los que habitan la red.»
«Hoy en día, el poder de las plataformas y servicios de internet para influir en las vidas de la gente es mucho mayor de lo que nunca ha sido y no dejará de aumentar.»
«Las plataformas y servicios de internet […] han dado más poder a los ciudadanos. […] Pero internet también confiere más poder a los propios gobiernos.»
Tal y como le fue en la fiesta, Obama estaba encantado con las redes sociales y su impacto político. Pero ¿lo que fue bueno para él será bueno para la democracia o «la codependencia entre los políticos y las plataformas de las redes sociales ocasionará una manipulación todavía más sutil del discurso público?».



Bueno. Una cosa (hoy ya de Perogrullo) es importante conocer, entender, y asumir definitivamente: las Redes están con nosotros, entre nosotros y de algún modo (en alguna entidad) ya somos, también, ellas. No en tal o cual plataforma sino en el concurso de Internet en nuestra realidad. Higinio Marín lo explicó estupendamente hace unos pocos post: somos un poco de los tres tipos de bienes que podemos tener, e Internet es parte de la realidad que tenemos… y nos tiene. Por eso creo que, aunque tal vez necesario, el «debate» entre partidarios y detractores, llevado a los extremos, carece de utilidad. Lo importante es conocer, entender, y asumir que la «cohabitación» con y en lo digital (nada que ver con la cohabitación de la que habla Marín, en la que pondera la perfección de la «alteridad» amorosa) es un asunto de gravedad capital en la que TODO debe ser decidido por el usuario: el propio uso, su participación en modo y manera de esa nueva realidad, su valoración, análisis y crítica, en definitiva: el ejercicio de la VOLUNTAD PROPIA «frente a».
José Luis
Por el usuario fundamentalmente porque es él el que finalmente con sus decisiones construye las relaciones de dominio o de sometimiento a la tecnología. Pero no olvidemos que la sociedad no es una suma de burbujas individuales. La convivencia se construye también regulando. La libertad para existir necesita de una regulación que la proteja y le de oxígeno. Hoy por hoy, al no haber regulación alguna, no sólo no somos más libres, sino al contrario, tendemos a estar más sometidos.