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Es interesante el doble rasero con el que Dans aborda la imposición de límites en la Red según a qué se refieran. A la pornografía infantil o al terrorismo se les debe combatir con las mismas armas que rigen fuera de la red, dice,  sin ir más allá del consenso social histórico que dio lugar a dichas leyes. No así, en cambio, con el tema de los derechos de autor, para el que como todo se puede copiar el consenso social ya no vale y hay que crear otra regulación o simplemente no regular nada. Como la tecnología permite superar cualquier barrera y lo que se puede hacer, simplemente por poderse hacer, se hará, intentar oponerse a esa evidencia es completamente absurdo.

Dans utiliza la cara de estupor de su hija cuando le hablan de que descargarse un archivo que no es suyo es piratería o cuando le dicen que internet está lleno de peligros y amenazas, como argumento para la esperanza en estas nuevas generaciones que ya han nacido con la red y para las que copiar y moverse entre esos riesgos es algo tan natural como respirar.

«A día de hoy sólo los más idiotas creen que la tecnología puede, en último término, ser detenida. Y seguramente sean los bisnietos de los mismos que, en el siglo XIX, creían que el ferrocarril provocaría que sus usuarios murieran entre espantosos dolores debido a los efectos de la terrible y antinatural aceleración sobre sus órganos internos. Hay que aceptar que la red genera un entorno imparable, ante el que cualquier resistencia es fútil.»  A pesar de que no soy idiota, no puedo evitar sentirme concernido. Yo no pienso que pueda ser detenida y no es el temor, sino la reflexión y los hechos lo que me mueve a hacerle una crítica razonada y avisar de sus riesgos. En cualquier caso, si como afirma Rebecca Mackinnon, «igual que con el poder en el espacio físico, el poder en el mundo digital debe limitarse, equilibrarse y debe estar obligado a rendir cuentas», si no detener, habrá que regular, educar, estudiar los efectos, poner límites e incluso, si es necesario, prohibir. Con la tecnología, con la ciencia, con el fútbol, o con cualquier otro asunto que concierna a la convivencia social. ¿O es que la tecnología tiene patente de corso simplemente porque es fantástica o imparable?

Dans termina su epílogo con una cita que le encanta y que yo, que le sigo, ya le he leído otras veces, no siempre en el contexto más adecuado. «No podemos seguir cediendo libertad para ganar una supuesta seguridad provista por un soberano benevolente, –dice– porque, como decía Benjamin Franklin,aquellos que admiten perder libertades esenciales a cambio de obtener un poco de seguridad temporal, no merecen ni libertad, ni seguridad”».

Pero no somos los idiotas que tenemos una visión crítica los que hemos propiciado esta pérdida de garantías: es precisamente el ciberoptimismo inconsciente el que nos ha hecho renunciar alegremente a nuestra privacidad, a la intimidad, a nuestros derechos, a nuestras garantías constitucionales.

(Vid. aquí El resumen completo del libro de Mackinnon)