Si han leído el post de Dans al que hacíamos referencia ayer, no les sorprenderá lo que hoy extraigo aquí de su epílogo al libro de Mackinnon. O sí. Porque, como decíamos ayer, lo sorprendente es que ni el post ni el epílogo  responden al tono general de su discurso tecnofundamentalista.

Para un ciberoptimista radical como él tiene que ser duro el admitir que: «Contrariamente a lo que algunos podrían esperar o creer, internet no cambia la naturaleza humana y el poder en el ciberespacio tiene a corromperse exactamente igual que como lo hace en el espacio físico

Tras denunciar – ahora sí en la línea de su perspectiva habitual– lo manipulados y faltos de libertad que estábamos con la democracia analógica «mediante el uso de medios unidireccionales, de asimetrías comunicativas y de técnicas de manipulación colectiva», nos recuerda que por fin ha llegado la red y su democracia digital para salvarnos rompiendo ese esquema de unidireccionalidad que va directamente contra los gobiernos y sus intereses. Por eso, los no democráticos se oponen abiertamente sin ningún pudor creando internets paralelas, controladas y cerradas. Los democráticos, amparándose en las amenazas del terrorismo, la pornografía infantil o la propiedad intelectual, intentan crear leyes que cercenen la libertad de la red obligando a «las empresas de internet y a proveedores de acceso a ejercer un nivel de control sobre los ciudadanos que, de seguir así terminará por convertir al Gran Hermano de Orwell en una broma. Un control al que los ciudadanos se entregan voluntariamente por mantener sus niveles de seguridad, entretenimiento y confort material.» Lo que les decía: más Huxley que Orwell.

Afirma con toda razón que los usuarios no nos enteramos de nada: «Un fuerte desfase entre uso y conocimiento está propiciando la deriva de internet hacia aquello en lo que nunca quisimos que se llegase a convertir. Todos los días millones de usuarios entran en la red, abren cuentas en servicios cuyos términos de uso no leen porque están escritos en «legalés» y aceptan gustosos limitaciones y restricciones que de conocerlas les resultarían casi ofensivas…  … ni siquiera saben lo que están firmando

Pero, como decíamos ayer, eso no preocupa a nadie. Ni a él –sorprendentemente–, ni a las instituciones, ni a los usuarios. Todos estamos encantados de conocernos. No hay campañas, no hay advertencias, no hay más que entusiasmo tecnológico generalizado. «¡Cuánto nos comunicamos! ¡Y es que «da un  gustirrinín!» que diría Gila…

(Vid. El resumen completo del libro de Mackinnon)