Enrique Dans y Rebecca Mackinnon

El libro viene avalado por dos profesores universitarios en un prólogo de Jose Luis Orihuela, de la Facultad de  Comunicación de la Universidad de Navarra y con un epílogo de nuestro ciberoptimista y tecnoentusiasta Enrique Dans, profesor de Sistemas de Información en el IE Business School.

El caso de Dans es llamativo porque normalmente trata cualquier atisbo crítico a la tecnovida como nefasto neoludismo tecnófobo y es un acérrimo defensor del “todo lo que es posible hacer, tiene que hacerse”, con el que afronta de manera abierta y optimista todo lo que tiene que ver con la tecnología. Desprecia como obsoletos los derechos de autor, la crisis de la privacidad le parece que es un problema de cambiar de concepto y asumir la nueva realidad de la extimidad total, los servidores y empresas tecnológicas no hacen sino proporcionarnos bondades infinitas, etc… y sin embargo, paradójicamente, recomienda este libro que pone de manifiesto la fragilidad de la red ante el control gubernamental, con los mismos argumentos que utiliza en su post de hace un par de días: Orwell era un visionario en el que pone de manifiesto cómo se han cumplido los vaticinios de “1984” en cuanto a la policía del pensamiento se refiere.

Por eso, antes de reseñar el libro, merece la pena comenzar leyendo el post citado y dándole respuesta: no, amigo Dans, la profecía de Orwell no se ha cumplido. En cambio adquiere plena vigencia la de Huxley y su Mundo Feliz: no nos vigila un Gran Hermano todopoderoso y terrible, o, mejor dicho, sí, nos vigila y es todopoderoso y terrible. Pero ni lo percibimos como tal, ni lo vivimos como una pérdida o una imposición, sino sólo como un pequeño daño colateral. No es la brutalidad de un gobierno, sino el soma deslumbrante de la tecnología a la que nos entregamos voluntariamente en busca de la felicidad la que nos ha hecho vulnerable carne de cañón frente a los espías, los gobiernos, las empresas de la red… Lo dice la propia Mackinnon en el prefacio del libro: « La era de internet se parece menos a 1984 de Orwell, y más a Un mundo Feliz de Aldous Huxley: un mundo en el que nuestro deseo de seguridad, entretenimiento y comodidad material es manipulado hasta tal punto que todos, voluntaria y ávidamente, nos sometemos a la subyugación

Hoy, mientras esa subyugación se da, el único Gran Hermano que nos preocupa y a algunos les ocupa es el de los concursantes de la entretenida y feliz televisión.

(Vid. más sobre esta oposición original de Neil Postman en Postman dibujado, en Morirse de Risa, o en la reseña de Divertirse hasta Morir).