Juan Manuel de Prada titula su sección del XLSemanal de diciembre Homo Videns.

Me apresuro a reproducirla casi entera:

«Partiendo de aquella observación cruel y atrozmente verídica de Ortega y Gasset en La rebelión de las masas –“Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera”-, Giovanni Sartori escribió hace algunos años un celebrado ensayo, Homo videns, en el que afirmaba que la televisión había logrado universalizar este “derecho a la vulgaridad”, convirtiendo al Homo sapiens, un ser caracterizado por la capacidad reflexiva, en una criatura pegada a una pantalla, que mira pero no piensa, sometido a un bombardeo incesante de imágenes que, poco a poco, van erosionando su discernimiento, hasta que finalmente el mundo se le torna ininteligible. Así, sostenía Sartori, caminamos hacia una sociedad teledirigida, una masa de individuos solitarios, sometidos a un bombardeo audiovisual que se configura como nuevo y apabullante poder. […] “Mientras la realidad se complica […], las mentes se simplifican y nosotros estamos cuidando a un video-niño que no crece, un adulto que se configura para toda la vida como un niño recurrente […]. Nos encontramos ante un demos debilitado, no solo en su capacidad de tener una opinión autónoma, sino también en clave de pérdida de comunidad”.
Esta debilitación del demos que propiciaba la televisión, mediante la disolución de los vínculos comunitarios y la conversión del adulto en un niño recurrente, alcanza su apoteosis con el desarrollo de las «redes de comunicación cibernética», […] En estas últimas semanas, he viajado mucho en tren, […y] lo que he visto me ha provocado un desasosiego mayor. En alguno de estos viajes, he sido el único pasajero que no estaba engolfado delante de una pantalla: ordenadores portátiles, tabletas, iPhones y demás artilugios cuyo nombre se me escapa; y había muchos viajeros que no levantaban la vista en todo el trayecto de la pantalla, […] nadie despegaba los ojos de su cacharrito, hasta que, a través de la megafonía del tren, se anunciaba la llegada a su destino.
[…]Me sentí intimidado, muy embarazosamente intimidado, como cuando nos vemos en mitad de una fiesta a la que hemos acudido por error, rodeados de gentes que no conocemos, vestidos además de forma inadecuada. Era como estar en medio de una ‘multitud solitaria'[…]. Cuando el tren atravesaba un túnel, las pantallas de los cacharritos adquirían una fosforescencia pálida todavía más perturbadora.
Yo no sé adónde nos llevará esta fascinación tecnológica que nos ha convertido en criaturas pegadas a una pantalla. Sé, desde luego, adónde nos quieren llevar; pero todavía confío en la capacidad lastimada, maltrecha, reducida a añicos del hombre para escapar de las cárceles amenísimas que le han diseñado, las cárceles donde se debilita su humanidad, mientras el mundo se hace más y más ininteligible.»

Cárceles amenísimas: hay que escapara como sea de ellas.