Al ruso Nickolay Lamm se le ha ocurrido construir una Barbie normal, es decir nacida de las medidas medias de la mujer estadounidense de 19 años. Más que un trabajo artístico, se trata de una iniciativa científica y sociológica.

Millones de niñas llevan años jugando  con una muñeca que es el modelo de una feminidad imposible y majadera. Imposible en su anatomía y estúpida en sus complementos. Así como otras muñecas sirven para que la niña que juega se proyecte como la madre potencial que es,  Barbie es el modelo en el que la niña se mira como la mujer que nunca va a ser. Mientras que en las muñecas o muñecos que hacen de hijos, el modelo es la madre real que tienen más próxima y la niña es su madre sin dejar de ser ella,  Barbie está pensada para que la niña se proyecte a sí misma en la muñeca mientras juega. Se trata de jugar  a dejar de ser ella para pasar a  ser Barbie. No es un juguete sino una bomba,  un arma de destrucción masiva de la propia identidad para construir una identidad femenina inadmisible y absurda, por más que las haya, como las de la foto que encabeza el pos, que lleven al extremo esa identificación para conseguir un minuto de gloria en la red.

Normalizar la anatomía de la muñeca la desactiva como bombazo identitario, pero la desnuda de su atractivo comercial. Todas las niñas que piden una Barbie no quieren jugar a ser normales, sino que, deslumbradas por la exageración deforme de una mujer inverosímil, sueñan con la quimera de no ser como son y de convertirse en otra cosa.

Pero la Barbielatría no es sólo un juego. Barbies son también todas las imágenes de modelos, actrices y famosas que bombardean a millones de niñas, a millones de adolecentes, a millones de mujeres adultas con una imagen inalcanzable de sí mismas desde las pasarelas y las alfombras rojas, desde el papel couché de las revistas, desde los gigantes primeros planos de las pantallas cinematográficas y las vallas publicitarias, desde los resúmenes de los programas del corazón de la televisión. Igual que Barbie, la imagen de mujer proyectada  desde la iluminación, el maquillaje, el encuadre, el vestuario, el photoshop,… ni ha existido ni existirá y, sin embargo, millones de mujeres confrontan ese ideal absurdo con el espejo cotidiano de su belleza real y viven una frustración que se traduce en el gasto millonario de productos de belleza, ropas y complementos de la feria internacional de las marcas.

Asistimos a la escenificación cotidiana de un fraude, a un montaje masivo del gato por liebre que caracteriza a la mayor parte de la publicidad moderna sin que nadie se escandalice ni denuncie la superchería, sino, al contrario, dejándonos embaucar por ella una y otra vez.

Las muñecas son Barbies de caucho rosado; las modelos lo son de carne, hueso, pantalla y papel couché.. Barbie es sólo el comienzo de una ruleta rusa  que las imágenes publicitarias de la moda y la fama se encargan de prolongar durante la vida adulta de la niña que empezó a mirarse con ella en el espejo deforme de la falsedad. Una ruleta rusa que puede dar con los huesos de algunas adolescentes en el laberinto de la anorexia y la bulimia. En todo caso una ruleta en la que no merece la pena apostar porque siempre hay mucho que perder.

Referencias:

XLSemanal, En su justa medida.