Hablábamos de la hipermnesia consentida y edificada clic a clic por los usuarios de las redes sociales que van volcando y revolcando su vida minuto a minuto en los escaparates de las calles virtuales de internet y nos preguntábamos cómo iba evolucionando la cosa lustro a lustro.

Hace apenas un año surgieron apéndices rococós a esa barroca extimidad de Facebook ,Tuenti o Instagram. Apéndices especializados en forma de aplicaciones de móviles en los que el cotilleo, Gossip, o el chivatazo, Informer, triunfaron por los pasillos de los colegios de secundaria. Sin tapujos, esa supuesta necesidad de estar en contacto con la tribu de la que tanto se habla para explicar las redes en la red, se convierte aquí en puro cacareo gallináceo de comentarios anónimos sobre profesores y compañeros de clase. Estoy esperando cómo justifican los expertos, siempre tan comprensivos, el hecho de que los usuarios se cuenten por cientos de miles: ¿el cotilleo y la maledicencia protegidos por el anonimato también son necesidades humanas cuya satisfacción entre iguales  es imprescindible? Seguro.

 A Carmen Posadas le recuerdan  «a las pintadas en los lavabos revelando algún vergonzoso secreto de alguien, por ejemplo, o a los papelitos anónimos que circulaban de mano en mano con dibujos o comentarios obscenos». La diferencia –  dice– aparte de la mayor difusión, es que lo que antes era claramente percibido como algo negativo y oscuro,  hoy por ser en la red  y a través de esos preciosos aparatitos hasta está bien visto: son cosas de nativos digitales, esa nueva clase de seres humanos. Ya se sabe: es tan moderno…; hay que estar…; si no estás no existes…; es lo que hay; no se le pueden poner puertas al campo;  etc.

El ejemplo de las pintadas en los lavabos está bien visto para referirse a esa soledad protegida del anonimato desde el que se dejan salir los bajos instintos en la impunidad del nadie me ve y que antes era la puerta del lavabo y ahora es la pantalla del ordenador o del móvil.

Siempre he dicho que uno de los indicadores de la calidad educativa de un colegio –incluso de un país­– está en sus lavabos. Si un centro educativo los mantiene limpios de pintadas y de mugre, es que ha conseguido contagiar a sus alumnos –y el país a sus ciudadanos– que las cosas bien hechas no necesitan testigos y que lo malo de hacer algo malo no es que te vean y se sepa, sino el hecho de hacerlo.

La escritora opina que la mejor forma de educar en su uso es dejarles «que las conozcan, las usen y las sufran. Sólo asís se darán cuenta de que el cotilleo es un arma arrojadiza … un bumerán  que siempre vuelve y que, como tantas otras cosas en la vida, donde las dan las toman.»

Siguiendo esa línea,  la mayor parte de los colegios  para educar en la urbanidad de los lavabos, los convierten en letrinas inasequibles a la porquería: quitan las tapas de los wáteres porque se ensucian;  no ponen papel higiénico porque acaba siendo utilizado como serpentina; no hay jabón porque lo gastan en cinco minutos, no se borran las pintadas porque de ese modo ya no hay donde pintar.  Donde las dan, las toman. Los lavabos se deshumanizan así de acuerdo al nivel de humanidad de sus usuarios.

¿Les sucederá lo mismo a las redes y a las oportunidades comunicativas que nos ofrecen?

Referencias:

Carmen Posadas, Donde las dan las toman