El hombre es un animal simbólico que percibe la realidad sólo después de haber elaborado un esquema racional asimilable a partir de la información recibida por los sentidos. Nuestro primer intermediario ante lo real somos nosotros mismos a través del lenguaje y el pensamiento. El hombre es pues, un animal lingüístico. Nuestra relación con el tiempo, con el acontecer, es peculiar y distintivamente humana. No sólo vivimos en el tiempo sino que necesitamos situarnos ante él, fuera de él para dominarlo, transformarlo y dotarlo de sentido. Nuestra manera de vivir los acontecimientos no es pasiva, accidental, objetiva, sino que somos el acontecimiento mismo, somos sujetos de la historia o, si se prefiere, experimentamos nuestra existencia de manera histórica.

A comienzos de la revolución neolítica la realidad objetiva era inabarcable y por tanto la realidad subjetiva constituía un universo pequeño perfectamente dominable por el hombre sin necesidad de intermediarios. La entrada en la historia supone la aceleración del tiempo, la extensión del mundo objetivo, la complejidad, la necesidad de intermediaciones para su comprensión. Desde que el mundo se hizo paulatinamente más pequeño por el avance de las comunicaciones y de la comunicación, el conocimiento de la realidad a la que no tiene acceso directo el ser humano ha sido cada vez mayor, pero también cada vez mayor su alejamiento de esa realidad y cada vez más intensa su dependencia de intermediarios que se la expliquen. Las sucesivas revoluciones históricas siempre han ido acompañadas de cambios profundos en la comunicación que han ido ampliando hasta límites casi inagotables nuestra capacidad de acceso a la información, pero también disminuyendo nuestra autonomía para la comprensión del mundo alejándonos cada vez más del contacto directo con la realidad.

Cuando el hombre conocía hasta donde alcanzaba la vista, el mundo era abarcable sin necesidad de mediaciones. El mundo era contemplado y a la vez protagonizado por quienes lo miraban. La televida, la capacidad de ver la realidad lejana y no vivida, nos ha llevado a un mundo en el que el hombre ha ido perdiendo protagonismo convirtiéndose cada vez más en un espectador y la vida en un espectáculo que puede ser definido como lo que nos pasa mientras estamos en otra parte. A medida que el mundo era más accesible, era también menos real. Un mundo incomprensible sin la intervención mediática. Un mundo creado por los medios en el que el hombre debe sobrevivir como animal mediático.

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.