El tiempo en la sociedad mediática corre deprisa. Tan deprisa que nos impide detenernos para comprenderlo. Los medios nos proporcionan temas sobre los que pensar, pero no nos dejan tiempo para hacerlo. No se trata de que tengamos menos tiempo, sino de que nuestra percepción de su transcurso lo convierte en un objeto intratable frente al que no podemos reflexionar. La velocidad de la información, la saturación de impactos, la preeminencia de la imagen frente a la palabra y, sobre todo, el peligroso espejismo que supone la generalizada confusión entre ver y comprender propios de nuestro mundo mediatizado, vacían de contenido la memoria individual y colectiva dificultando enormemente el acceso al conocimiento a través del pensamiento reflexivo.

El pasado se convierte en los medios en un presente continuo sin referencias. «La salvación de los gobiernos ― dice Arcadi Espadano ha venido por el zanjamiento abrupto de la cuestión y la prohibición de los periódicos. Insospechadamente ha venido por su contrario, que es la proliferación avasalladora, el troceamiento unicelular del mensaje mediático y la vida de mosca (la mosca del vinagre) que alcanzan a tener los mensajes. Cualquier lector de periódicos habrá visto cómo se reduce, salvo en las grandes catástrofes, el nivel de coincidencia de sus noticias de portada y cómo es muy difícil establecer en un diario digital cuál es la noticia del día: incluso la noción propia de día, de jornada, está dejando de tener sentido en el incesante continuum digital. Eso hace que los políticos no paguen ningún precio por sus declaraciones». (El Mundo, 26 de septiembre de 2008).

A mi juicio, el efecto es de mucho más alcance que el puramente político y coyuntural que apunta Espada. En la sociedad mediática, el adjetivo histórico ―”un resultado histórico”, por ejemplo― se aplica muy significativamente para describir lo que nunca ha sucedido. Sólo es histórico lo nuevo, la noticia, y lo es hasta que es sustituida por otra que la desplaza, la anula y la despoja de esa condición haciéndola desaparecer. Por eso no hay historia. Sólo transcurso. Y por eso no me parece un exceso decir que el hombre privado así de su memoria queda a la vez despojado del domino del tiempo en el que vive y, por tanto, de lo más propiamente suyo, la libertad. Queda despojado de su mismo existir que o es histórico o no es.

Vean televisión, no la consuman o serán consumidos por ella.