
Publicar fuera del tiempo es lo que solemos hacer nosotros. Nuestros post no siguen la actualidad. Nos gusta mantenernos, al contrario, completamente anacrónicos para que el espejismo de la actualidad no nos confunda en la interpretación de lo que actualmente está pasando.
No estamos solos. Me manda mi hijo una publicidad curiosamente anacrónica de las páginas de El País: un niño, una televisión. Recomienda leer y ve en la tele el mayor competidor de la lectura. Parece sacada de otra época. Ya saben: desde que existe internet y los móviles la tele ya no existe. Ha desaparecido del imaginario de las preocupaciones sociales. Tuvo su momento. Pero ya no es este. Es lo que decíamos de la actualidad: actualmente ya no hay tele. Sin embargo, fuera de la actualidad, anacrónicamente, los índices de audiencia no dejan de aumentar y si se hiciera un test de reconocimiento de spots, productos, personajes, series, talk-shows y concursos… entre todos los miembros de las familias españolas –incluidos los niños- , el resultado sería sorprendentemente exacto en las apreciaciones. Pero actualmente no existe ya la televisión.
Sólo existe en la anacronía, pero, ¡ay!, una anacronía desgraciadamente muy actual. Por eso esta publicidad de ayer mismo merece ser rescatada precisamente por su rabiosa actualidad: no dejes que esta sea la única historia que conozcan tus hijos.



Interesante y grave cuestión la de ubicar nuestras vidas en el tiempo. El presente viene dado, es el tiempo en el que decimos vivir, no podemos no estar en él, pareciera que sólo en el presente -el tiempo en que tienen lugar «los actos»- tiene lugar nuestra existencia y, sin embargo, sabemos que propiamente no existe tal dimensión física del tiempo. Tampoco existe en el orden psicológico. El «presente» es una mera convención para diferenciar el pasado del futuro; tiempos en los que decimos no vivir «ya» y no vivir «aún». Pero la observación científica y filosófica -ya remotas- han visto, con acierto, que esa convención a la que llamamos «presente» no es si no una contracción de los tiempos en que realmente existimos: el tiempo en el que ya hemos sido y el tiempo en el que esperamos ser. El desarrollo sistemático y argumentado de dicha tesis ha sido realizado por numerosos autores y nada nuevo podría yo añadir. Enciendo la televisión y decido sentarme a verla porque cuando lo hice (pasado) en otra ocasión, me gustó lo que vi o, simplemente, me sirvió para «distraer-me» de mi existencia (experiencia, por lo general, poco grata o cuando menos dificultosa). También enciendo la televisión porque espero (futuro) y deseo que lo que voy a ver me divierta o me sirva. No hay presente real. Y menos cuando lo que veo (pongamos una serie televisiva) es una continuidad discursiva en la que el espectador nada puede hacer para modificarla. La lectura -como la reflexión- suponen la antítesis de esta realidad. El lector puede establecer los tiempos del discurso y adecuarlos a los gustos o necesidades de su experiencia vital.
Comparto el carácter «anacrónico» de nuestro trabajo -respecto de la «actualidad» en su sentido propio de «conjunto de actos que la conforman»-. Hurgamos en lo que ha pasado y ofrecemos su análisis como preparación para corregir y mejorar lo que pasará.
Jose Luis
Siendo, además, que el presentismo irreflexivo es una de las características del Medioambiente en el que nos ha tocado respirar.